Depay é mais brasileiro do que Ronaldinho

(Favor de leer este artículo con funk brasileño de fondo).

Dominic Toretto en Fast & Furious 5, Speed corriendo por São Paulo, el Chavo del Ocho, el pájaro azul de Río y Memphis Depay en Corinthians tienen algo en común. Brasil los adoptó, porque si hay un país que abre las puertas a quien se las gana, es este. Y si hay una forma de ganarse a su gente, es con joga bonito.

Memphis es más brasileño que la samba, la caipirinha, el Cristo de Corcovado y Ronaldo Nazário. Es más brasileño que comer pão de queijo en la playa mientras juegas con tus colegas a no dejar caer el balón. Y a veces, eso pesa más que levantar títulos. Aunque, por si hacía falta, títulos también hay.

El impacto de un futbolista de alto calibre sobre una ciudad suele ser natural, pero en este caso, fue la ciudad la que terminó moldeando al jugador, que pasa sus días libres en las favelas, se hace trenzas, graba rap y camina São Paulo como si no fuera el máximo goleador histórico de la selección de Países Bajos, sino un vecino más del barrio.

¿Y qué es la cultura si no un intercambio permanente? Un mexicano compartiendo su comida con un español en Canadá. Un chino bailando reggaetón con un colombiano en la Barceloneta. Una argentina cebando mate para un árabe que conoció caminando en Madrid. La cultura es ese recordatorio constante de que somos distintos, pero nunca tanto. 

Sartre decía que la cultura no salva a nadie, pero nos permite reconocernos. El fútbol hace lo mismo; no arregla el mundo, pero por noventa minutos nos dice quiénes somos. Hace años que dejó de ser solo deporte para convertirse en un fenómeno cultural al nivel de la música, el arte o la moda. Un fenómeno capaz de hacer a dos completos extraños, con ideas opuestas y pasaportes distintos, abrazarse tras un gol al minuto 90. Porque el fútbol no tiene idioma. La pelota es políglota y rueda igual en cualquier parte del mundo. Rodaba igual en el barrio de Ámsterdam donde nació Depay que en las calles de São Paulo, donde hoy juega pachangas con los pibes como si su vida fuera un comercial eterno de Nike en los  2000´s.

Algo parecido cantó Caetano Veloso cuando dijo que “de cerca nadie es normal”. Tal vez por eso el fútbol brasileño nunca intentó serlo. Porque lo normal aburre. Y lo que perdura es lo que implora “aquí estamos” sin pedir permiso.

Hace apenas unas semanas, Memphis marcó en la final de la Copa de Brasil. Un gol que dio un título, sí, pero sobre todo un gol que explicó todo lo anterior en segundos. Pausa, intuición, alegría. Se pueden contar sus goles, sus asistencias, sus partidos decisivos. Se puede hacer una tabla y discutir su impacto numérico.

Pero el fútbol no va de eso. Eduardo Galeano escribió que el fútbol es la única religión que no tiene ateos. Tal vez por eso Brasil no pregunta de dónde vienes, sino cómo juegas. Y tal vez por eso Memphis no necesitó aprender portugués para entenderlo todo.

El fútbol es un niño poniéndose la camiseta de Memphis no porque sea el que más pases clave da, sino porque quiere jugar como él. No por su récord de asistencias, sino por su forma de moverse. No por la estadística, sino por el joga bonito. Porque el verdadero legado de un futbolista no se mide en cifras, sino en identidad. En lo que despierta. En a quién inspira.

Y hoy, Memphis Depay, sin pasaporte carioca, ya es más brasiñelo que zumbarse un trava sin saberlo.