Hay fotos que parecen un chiste privado entre la historia y el azar. En una de ellas, un joven Ronaldo Nazário aparece sonriente en la Plaza Roja de Moscú, enfundado en el chándal del Inter y coronado por una ushanka negra con emblema soviético. Detrás, las cúpulas de San Basilio y el Kremlin. Delante, el delantero más temido del planeta se protege del invierno ruso con el souvenir más tópico posible.
La imagen pertenece a la primavera de 1998, horas antes de que el Inter visitara al Spartak Moscú en la vuelta de las semifinales de la Copa de la UEFA. Lo que aún no sabía ese chico de 21 años es que aquel día iba a firmar una de las actuaciones más salvajes de su carrera, sobre un campo que parecía cualquier cosa menos un terreno de juego. La foto del gorro se convertiría en postal. Los dos goles, en leyenda.
Moscú amaneció aquel 14 de abril como se espera de Moscú. Cielo blanco, aliento visible, nieve en los bordes de las aceras. En torno a la Plaza Roja, los puestos de recuerdo vendían lo de siempre: matrioskas, pins, bufandas… y ushankas con estrella roja. La escena es casi caricaturesca. El fichaje más caro del mundo, en aquel entonces, paseando por el corazón del viejo imperio soviético, envuelto en los colores negro y azul del Inter y con un símbolo de la URSS en la cabeza.
No hay una versión oficial del club o del propio Ronaldo sobre el origen exacto del gorro. Lo que sí recogen algunas crónicas posteriores es que varios jugadores del Inter compraron esas gorras en un puesto callejero como souvenir, y que fue Taribo West quien se encargó de regatear el precio con el vendedor ruso. Es fácil imaginar la escena. Los futbolistas, curiosos, probándose sombreros entre turistas. El vendedor que no acaba de creerse a quién tiene delante. Y el defensa nigeriano cerrando el trato.
La ushanka no provocó polémicas diplomáticas ni comunicados airados. En la Rusia de Yeltsin, el gorro soviético era ya más un reclamo turístico que un símbolo de poder. Tampoco hubo escándalo en Italia. La foto se leyó más como exotismo de competición europea que como gesto político. El mito o la lectura irónica de “Ronaldo comunista”, llegaría mucho después, cuando las redes sociales convirtieron esa imagen en meme retro.
Lo que sí estaba claro ya entonces es que Ronaldo se sentía en otro planeta climático. Había crecido en el calor húmedo de Rio, se había hecho estrella en la hierba rápida del Camp Nou. Y sin embargo, esa tarde le esperaba un Moscú helado y un campo que parecía un vertedero de nieve derretida y serrín.

La ida en San Siro se había resuelto con un 2-1 para el Inter. El equipo de Luigi Simoni, liderado por Ronaldo e Iván Zamorano, llegaba a Moscú con ventaja mínima, pero con la sensación de que, en condiciones normales, era superior al Spartak.
Lo que no eran normales eran las condiciones del césped. Durante días había nevado sin descanso. En el estadio, la nieve se acumulaba en capas de hasta treinta centímetros. Soldados y operarios la retiraron a paladas y la amontonaron alrededor del campo. En lugar de hierba, quedó una mezcla de barro, hielo y serrín extendida sobre la superficie para intentar absorber el agua.
“¿Se puede bailar en el barro?”, se preguntaba, retóricamente, una crónica oficial del propio Inter muchos años después. La respuesta, viendo lo que ocurrió, es que sí… si te llamas Ronaldo.

El problema para el brasileño y sus compañeros era que, durante buena parte del partido, más que un escenario para bailar aquello parecía un campo de batalla. El Spartak de Oleg Romántsev era un equipo duro, físico, acostumbrado al frío y orgulloso de su historia. No se limitó a esperar. Salió a morder, empujado por un público que veía la nieve como aliada.
A los 14 minutos, un zapatazo de Andrei Tikhonov adelantó a los rusos. Con ese resultado, y por el valor doble de los goles fuera de casa, el Spartak estaba virtualmente en la final. El Inter se veía eliminado sobre un patatal. Y ahí, precisamente ahí, aparece la versión más salvaje de Ronaldo.
El 1-1 llega justo antes del descanso. El Inter lanza un ataque, el portero Filimonov no blocará bien, el balón queda suelto en el área pequeña. En ese tipo de jugadas, medio mundo resbala en el barro; Ronaldo no. Reacciona antes que nadie, adelanta la pierna, toca la pelota lo justo y la empuja a la red. Es un gol feo, casi vulgar, pero vital.
Lo inolvidable llega en el minuto 76. Saque de banda a favor del Inter, cercano a la frontal. Ronaldo recibe de espaldas, se gira como si el barro fuera césped recién regado, tira una pared con Zamorano y arranca. En tres zancadas, deja atrás a un defensa, se cuela entre otros dos, se planta ante Filimonov, lo regatea hacia la izquierda y define suave, casi con displicencia, a puerta vacía. Todo eso, sobre un terreno que parece diseñado para evitar que nadie pueda correr.
El Spartak se queda sin respuesta. Inter gana 1-2, repite marcador de la ida y se clasifica para la final de París. Lo que quedará en la memoria, más allá del resultado, es la sensación de que aquel Ronaldo podía hacer lo que quisiera, donde quisiera, en las condiciones que hicieran falta.

La temporada 1997-98 del Inter fue, probablemente, el último año completamente sano del brasileño antes de que las rodillas le traicionaran. Llegaba de arrasar en el Barça, de ganar el Balón de Oro y el premio FIFA a mejor jugador del mundo, de forzar un traspaso récord que convirtió a Internazionale en el epicentro del fútbol global.
En Serie A, Ronaldo firmó 25 goles en 32 partidos. En total, 34 tantos en 47 encuentros oficiales esa campaña. Hablamos de una liga italiana donde se defendía con puñales en los ojos, no de un campeonato abierto y vertical. Su impacto fue instantáneo. Camisetas vendidas, niños que querían llevar el 10 o el 9, defensas que de pronto parecían torpes y pesados frente a su combinación de potencia y técnica.
En Europa, la Copa de la UEFA fue su escenario perfecto. La final, jugada en el Parc des Princes contra la SS Lazio, fue casi un epílogo lógico. Inter ganó 3-0, con un Ronaldo dominante que marcó el tercer gol y fue elegido mejor jugador del partido. La imagen levantando el trofeo, con la camiseta gris y negra de Pirelli, cierra el círculo iniciado en la nieve. El gorro de souvenir en la Plaza Roja, el barro moscovita, la copa en París.
Cuando uno repasa la carrera de Ronaldo, es inevitable pensar en las lesiones, en lo que podría haber sido. Pero si se mira sólo ese año, 1997-98, queda la impresión de que, por un breve periodo, fue el mejor futbolista que hemos visto sobre un campo.

Volvamos a la imagen inicial. Un brasileño negro criado en los márgenes de Rio, estrella global del capitalismo futbolístico, posa sonriente con un símbolo de la URSS en la cabeza. A su espalda, el Kremlin. En su pecho, el escudo del Inter y el logo de una multinacional de neumáticos. En sus pies, botas de una marca norteamericana de ropa deportiva.
El fútbol de finales de los 90 era ya un negocio globalizado, pero todavía conservaba cierta inocencia visual. Los jugadores viajaban por un mundo en plena transición. La Rusia postcomunista, la Europa del euro en ciernes, la globalización televisiva… y se fotografiaban con los souvenirs que encontraban a mano. Las ushankas eran, y son, uno de los recuerdos más vendidos en la zona de la Plaza Roja.
Ronaldo no estaba haciendo un gesto ideológico. Tenía frío, seguramente le hizo gracia el gorro, quizá algún compañero le dijo “póntelo, que te queda bien”. La política llegó después, cuando la foto se convirtió en meme y la gente empezó a leerla como símbolo. El astro brasileño, el “Fenómeno”, coronado por la iconografía soviética.
En realidad, si uno quiere hablar de comunismo y fútbol, hay otros casos mucho más explícitos. Si el gorro de Ronaldo fue un accidente feliz, hubo jugadores que sí decidieron abrazar símbolos de izquierda de manera consciente y militante.

El ejemplo más conocido es el de Diego Maradona. El argentino no sólo tatuó al Che Guevara en su brazo derecho y a Fidel Castro en la pierna izquierda, sino que mantuvo durante décadas una relación de amistad con el líder cubano, al que visitó en múltiples ocasiones y a quien consideraba una especie de guía político y personal. También expresó públicamente su admiración por Hugo Chávez, hasta el punto de declarar que quería tatuarse su rostro.
En Brasil, el mediapunta Sócrates fue el rostro más visible de la Democracia Corinthiana, un movimiento impulsado por jugadores del Corinthians a principios de los 80 para democratizar la gestión del club y, al mismo tiempo, desafiar simbólicamente a la dictadura militar brasileña. Decidían por voto asuntos internos. Desde fichajes hasta concentraciones y llevaron mensajes en la camiseta animando a la población a votar en las primeras elecciones abiertas. Aquello no era un gorro de souvenir, era política organizada, desde el vestuario hacia la sociedad.
En Italia, el delantero Paolo Sollier se convirtió en icono de la izquierda radical en los 70. Comunista declarado, saludaba con el puño en alto antes de los partidos y participaba en organizaciones obreras mientras jugaba en Serie A y B. Sus memorias, significativamente tituladas Calci, sputi e colpi di testa, mezclan fútbol y militancia como pocas autobiografías deportivas.
Más cerca en el tiempo, el ariete Cristiano Lucarelli hizo de su comunismo una marca identitaria en el Livorno de los 2000. Celebraciones con el puño en alto, camisetas con estrella roja y simpatías abiertas por partidos de izquierda, en sintonía con una grada históricamente politizada. Cuando el fútbol ha coqueteado con el comunismo, lo ha hecho de manera mucho más explícita que un simple gorro comprado en la Plaza Roja.

Quizá por eso fascina tanto la foto de Ronaldo en Moscú. Porque es un cruce extraño de mundos. El del souvenir soviético convertido en objeto pop, el de la estrella global que sonríe ajena a cualquier carga histórica i el del fútbol como industria que recorre el planeta sin tiempo para digerir los símbolos que va recogiendo.
Horas después de esa postal, Ronaldo se deslizó sobre el barro del estadio como si el campo fuera de mármol. Marcó dos goles imposibles en un terreno imposible, metió al Inter en una final europea y dejó una de esas actuaciones que se cuentan a las generaciones siguientes con un “tenías que haberlo visto”.
La imagen del gorro y la gesta en Moscú forman un díptico perfecto. Arriba, el brasileño abrigado en la Plaza Roja, casi turista. Abajo, el mismo jugador convertido en fuerza de la naturaleza en medio de un lodazal. Entre una y otra, la certeza de que hubo un tiempo en que Ronaldo parecía estar por encima del clima, de la política y de cualquier defensa.
El comunismo real del fútbol lo encarnaron otros. A él le bastó con ser el fenómeno que, por una noche, hizo suyo también el invierno ruso.
