JUGADORES QUE NO DEBIMOS PASAR POR «ALTO»

La historia del chico de Macclesfield no es una cualquiera. Superación, críticas, bailes y humor fueron capítulos que Peter Crouch tuvo que atravesar para entrar en el olimpo del fútbol inglés.
En el deporte, como en la vida misma, hay diferentes tipos de personas: altos, guapos, feos, graciosos, con don o sin él. A Peter Crouch le tocó adaptarse a un papel que ni eligió ni esperaba: sus más de dos metros de altura y un cuerpo que, a priori, no estaba destinado al fútbol profesional. Para cualquier otra persona, esta cualidad habría supuesto un lastre. ¿Por qué no probar suerte con el baloncesto? No, eso no estaba en los planes de Crouch.
Acabó su carrera con un récord Guinness: 53 goles de cabeza en la Premier League —quizá lo de ser tan alto no acabó siendo un impedimento—. Con la selección inglesa fue internacional en 42 ocasiones y marcó 22 goles, casi uno cada dos partidos. Más de 100 goles acabarían sumándose a su casillero en la primera división inglesa: Portsmouth, Liverpool, Aston Villa o Stoke fueron algunos de los tantos equipos que pudieron disfrutar de sus más de dos metros de talento. Beanpole (larguirucho) fue una de las muchas etiquetas que le puso, sin que él lo quisiera, la prensa inglesa.
Peter Crouch nació en Macclesfield el 30 de enero de 1981, aunque su fútbol creció lejos de esa zona. Con 13 años rechazó ofertas del Chelsea y del Millwall para unirse al QPR. Pronto terminó en el Tottenham, donde firmaría su primer contrato profesional en 1998. Ya retirado, el delantero inglés recordó que el panorama allí no era alentador para él: a los 17 años tenía por delante a diez delanteros esperando su turno para subir al primer equipo. No siempre se triunfa a la primera.
Nunca llegó a debutar con los Spurs y en el año 2000 lo vendieron al QPR por 60.000 libras. Era demasiado alto para pasar desapercibido, pero eso no bastó para que nadie le hiciera hueco en un grande. Portsmouth, donde tendría una de las mejores temporadas de su carrera, Aston Villa, Norwich City y Southampton fueron sus siguientes paradas antes de que el Liverpool llamara a su puerta.
Si en Londres no había tenido hueco, en Anfield todos tenían un ojo puesto sobre él. Llegó a la ciudad de los Beatles en 2005 y pasó 19 partidos, cuatro meses, sin ver puerta. La prensa era dura con él, pero insistía en el buen toque del delantero inglés. La grada le dedicó un cántico sobre sus pies asomando por la cama…
El gol tardó en llegar, pero llegó, como ese amigo que te hace esperar siempre pero sabes que no te va a fallar. El 3 de diciembre de 2005, contra el Wigan, llegó un gol feo, más bien horrendo, que ni siquiera fue del todo suyo (se anotó primero en propia puerta y se le concedió después tras una apelación), pero que bastó para poner fin al mal trago que atravesaba en el Liverpool. Eso sí, Anfield nunca le dio la espalda.
Con Inglaterra, que ya contaba con él desde mayo de 2005, el recibimiento tampoco fue fácil: ya en octubre de ese año, Old Trafford le pitó cuando salió desde el banquillo ante Polonia. Lo bueno del fútbol es que tiene una memoria muy corta. Siete meses después, su cabezazo en un saque de falta dejó el balón a Gerrard para el empate a dos en la final de la FA Cup, y el Liverpool, y Peter con él, acabaron levantando el trofeo. Ese mismo año, a la vuelta de la pretemporada, ganó también la Community Shield, con gol suyo ante el Chelsea. Lo de no encajar y no ser el típico delantero centro convencional empezaba a ser una ventaja.
Entonces llegó el robot. Delantero atípico, celebración atípica, aunque él no fue el verdadero creador. Crouch se había marcado unos pasos de baile en la fiesta benéfica de los Beckham, grabada para televisión. De esos pasos surgió el del robot, y prometió que, si marcaba contra Hungría, lo celebraría así. El 30 de mayo de 2006 marcó en Old Trafford y lo estrenó; el destino estaba escrito, o la casualidad, depende de lo que creas. Una celebración rígida y robótica que pasaría a los anales del fútbol. Cuatro días después volvió a marcar, esta vez un hat-trick a Jamaica, y el baile salió a relucir otra vez. Ocho meses antes le pitaban en ese mismo estadio; ahora lo celebraban y todos querían copiar su paso estrella.
La celebración fue retirada por el propio Peter, pero volvió a usarla en 2017 para celebrar su gol número 100 en la Premier League. Había convertido su altura en una seña de identidad.
Con la llegada de Fernando Torres, Crouch dejó Anfield en 2008 rumbo al Portsmouth, pero el fútbol aún le guardaba una vuelta a casa. En el Tottenham, el club que no le hizo hueco de joven, marcó el gol que dio al equipo su primera clasificación para la Champions League, frente al Manchester City. En 2011 fichó por el Stoke, un club que lo acogió con los brazos abiertos y donde fue elegido mejor jugador de la temporada del propio equipo en su primer año. En enero de 2019 fichó por el Burnley y, seis meses después, anunció su retirada de los terrenos de juego con 38 años, más de 100 goles en la Premier y un récord que ya figuraba en el libro Guinness.
Crouch no se retiró del todo: se convirtió en comentarista, presentó un podcast y publicó varios libros, entre ellos How to Be a Footballer (2018), que mezclaba autocrítica y humor para contar las rarezas que tiene el fútbol, que son muchas.
El vivo ejemplo de que no por no encajar tienes que ser peor. Demasiado alto para ser ágil, demasiado delgado para ser fuerte y demasiado raro para ser serio: Peter demostró que lo distinto puede ser el mejor lugar desde el que mirar a los demás por encima del hombro.