Eusebio, embajador colono.

El fútbol no ha sido únicamente un deporte; ha sido también un espejo donde se reflejan las tensiones y contradicciones del colonialismo. En las colonias africanas, este deporte operó como un espacio de integración simbólica, pero también como herramienta de explotación: las metrópolis europeas absorbieron a los talentos locales, usando sus triunfos como vitrinas de prestigio imperial, mientras en las colonias crecían los sentimientos de desigualdad y opresión. Pocos ejemplos ilustran esto mejor que el de las colonias portuguesas, especialmente Angola y Mozambique, y la figura mítica de Eusébio.

A diferencia de las colonias británicas, que lograron la independencia en los años cincuenta, o de las francesas, que lo hicieron durante los sesenta, las colonias portuguesas permanecieron bajo dominio de Lisboa hasta después de la Revolución de los Claveles (1974) y la caída de la dictadura del Estado Novo. Mientras gran parte del África descolonizada estrenaba selecciones y federaciones propias, Angola y Mozambique seguían siendo provincias ultramarinas portuguesas, y sus futbolistas reforzaban los clubes y la selección nacional de Portugal.

El fútbol había llegado a estos territorios a principios del siglo XX, extendiéndose rápidamente entre las clases mestizas locales. A diferencia de otras colonias africanas, donde la segregación racial era fuerte, en Angola y Mozambique surgió una pequeña burguesía mestiza que se convirtió en el vivero de las futuras estrellas del fútbol portugués. Este mestizaje no era casual: formaba parte del proyecto ideológico del dictador António de Oliveira Salazar, quien desde 1951 proclamó que Portugal era una potencia “afroeuropea”, y rebautizó sus colonias como provincias de ultramar, intentando borrar la noción de imperio colonial para ganar respeto internacional.

Gracias a esta narrativa oficial de “multirracialidad”, a partir de los años cuarenta empezaron a llegar jugadores africanos a los clubes metropolitanos. Barreto Travaços, un mestizo mozambiqueño que fichó por el Sporting de Lisboa en 1946, fue el primer jugador negro en vestir la camiseta de la selección portuguesa. Poco después emergería Eusébio da Silva Ferreira, nacido en 1942 en el barrio de Mafalala, en Maputo (entonces Lourenço Marques).

El talento de Eusébio fue tan desbordante que, a los dieciocho años, el Benfica y el Sporting se disputaban su fichaje. Su llegada a Lisboa supuso el inicio de una carrera legendaria: conquistó once ligas, cinco copas nacionales, una Copa de Europa y, en 1965, el Balón de Oro (RTVE, 2014). Fue el líder indiscutible del Benfica de los sesenta, anotando tres goles en su debut y guiando al club en dos memorables finales europeas, contra el Barça (1961) y el Real Madrid (1962). El régimen salazarista utilizó estos éxitos como arma propagandística, tal como Franco había hecho con las victorias del Madrid o Mussolini con el Mundial de Italia en 1934.

Sin embargo, la relación entre Eusébio y su tierra natal fue ambivalente. Mientras Mozambique vibraba con los goles de su estrella, muchos locales percibían que representaba más al colonizador que a los suyos. A diferencia de otros futbolistas como Mário Coluna, que regresaron a sus países tras la independencia, Eusébio se mantuvo en Portugal, lo que le valió críticas y sentimientos encontrados en su país (Orosa, 2020).

El propio Eusébio fue víctima del control dictatorial: Salazar bloqueó en varias ocasiones su salida a clubes extranjeros, reteniéndolo en la liga portuguesa durante quince años bajo la excusa de que Portugal lo había rescatado de la pobreza en Mafalala. Un episodio curioso de su biografía ocurrió cuando, tras la independencia de Mozambique, regresó al país y se reunió con el presidente Samora Machel. Este le recordó, con humor, cómo sus goles habían eliminado a Corea del Norte en el Mundial de 1966, enfureciendo al líder norcoreano Kim Il Sung (Priego, 2024).

Otros jugadores africanos, como Joaquim Santana, mostraron posturas políticas más arriesgadas: el angoleño fue encarcelado durante cinco años y excluido del Mundial de 1966 por apoyar públicamente la independencia de su país. Para evitar más casos como el suyo, el régimen destinó agentes de la temida policía política PIDE a vigilar de cerca a los jugadores, especialmente a los de origen africano, durante sus desplazamientos internacionales, sobre todo en países simpatizantes con las causas anticoloniales.

Mientras tanto, las guerras civiles que asolaron Angola y Mozambique desde los años setenta en adelante interrumpieron gravemente la práctica del fútbol. Durante esos años, las únicas alegrías deportivas que podían compartir estos países llegaban a través de las hazañas de sus futbolistas en clubes metropolitanos portugueses.

En definitiva, el éxito de Eusébio encarnó un doble significado: por un lado, fue un símbolo del orgullo africano, la prueba de que el continente negro, explotado y colonizado, podía producir figuras capaces de brillar en la élite mundial. Por otro, fue un recordatorio de cómo el fútbol podía convertirse en una herramienta del imperialismo, donde los talentos locales eran absorbidos por el colonizador para reforzar su propio relato de poder. El deporte, así, fue tanto un espacio de control colonial como un escenario donde las colonias podían vislumbrar su propio talento, dignidad y ansia de emancipación.

RTVE.es. (2014). Eusébio, la «Pantera Negra» del fútbol portugués. Recuperado de https://www.rtve.es/deportes/20140105/eusebio-pantera-negra-del-futbol-portugues/839740.shtml

Orosa, P. L. (2020). El fútbol y la patria: ¿por qué Mozambique no ama a Eusébio? Jot Down Cultural Magazine. Recuperado de https://www.jotdown.es/2020/06/el-futbol-y-la-patria-por-que-mozambique-no-ama-a-eusebio/

Priego, I. (2024). Eusébio: nacer en la colonia, triunfar en el imperio. Panenka. Recuperado de https://www.panenka.org/pasaportes/eusebio-nacer-en-la-colonia-triunfar-en-el-imperio/

Usall, Ramon (2011) Futbol per la llibertat. Pagès editors, Lleida.