En el verano de 2007 Europa descubrió un futbolista que era pura electricidad desordenada. Trenzas al viento, muslos de sprinter y un descaro que parecía no tener techo. La Eurocopa sub-21 se jugaba en casa, en los Países Bajos, y durante un par de semanas el torneo tuvo dueño: Royston Ricky Drenthe, lateral/extremo izquierdo del Feyenoord, convertido en motor emocional de una selección que arrasó el campeonato. Fue elegido mejor jugador del torneo: arrancaba desde atrás, conducía como si no existiera el freno de mano y jugaba con esa mezcla de rabia y alegría que solo tienen los chavales que sienten que el mundo, por una vez, gira a su favor.
Lo que vino después fue inevitable: informes de ojeadores, llamadas, números, promesas. Real Madrid, Barcelona y Chelsea se pelearon por él. Años más tarde, el propio Drenthe contaría que en su casa casi todos eran del Barça “por Ronaldinho”, pero que él quería jugar donde habían jugado Beckham, Ronaldo o Zidane, y que por eso eligió el Madrid. Aquella decisión parecía el siguiente paso natural en una historia de ascenso. Pero en realidad fue el punto exacto en el que todo empezó a torcerse.
Para entender a Drenthe no basta con el highlight de 2007. Hay que irse antes, a Rotterdam, a un niño que aprende demasiado pronto la crudeza de la vida. En una entrevista años después, Royston contó que su padre fue asesinado en la calle cuando él tenía tres años, y que su madre tardó en decirle la verdad para protegerle. “Mi vida fue una batalla cuesta arriba”, resumió.
El fútbol fue la vía de escape. Creció entre SC Neptunus, Feyenoord y Excelsior, siempre en la banda izquierda, siempre con esa sensación de que jugar era también huir: de la violencia, de la falta de dinero, de la etiqueta de chico problemático. En el Feyenoord adulto se ganó el puesto casi por accidente: lesiones, salidas inesperadas y un hueco libre en el lateral. Lo hizo suyo a base de potencia, conducción y un punto de anarquía que enamoraba al público… y ponía de los nervios a los entrenadores. La Euro sub-21 de 2007 convirtió esa intuición en certeza.
El verano de 2007 el Real Madrid paga en torno a 13,5 millones de euros por aquel chico del Feyenoord. Firma cinco años, llega como símbolo de renovación y debuta en el Bernabéu en la Supercopa ante el Sevilla con un gol desde fuera del área que entra como un obús. El estadio, por un momento, se convence de estar viendo nacer a un nuevo ídolo.

Años después, Drenthe reconocería que aquella mudanza le golpeó de lleno en la cabeza: “No estaba preparado para ser profesional. Pensaba que era Dios; me encantaban las mujeres y la fiesta”. Lo cuenta sin dramatismo, casi con una media sonrisa amarga. Tenía veinte años, un salario de estrella y la sensación de que nada podía salir mal. En entrevistas recientes ha contado que se montó una discoteca en la planta baja de su casa, con piscina y fiestas privadas: “Abajo de mi casa tenía una discoteca y podía hacer fiestas privadas”, recordó entre risas, mencionando que a Higuaín y a Guti les encantaba aquel lugar.
El problema no eran solo las fiestas, sino el equilibrio. Él mismo lo explica: le gustaba “mucho la vida” y el tema profesional “no era lo único” en lo que se centraba. En Madrid no tardó en descubrir que el público no perdona igual que en su barrio. Allí, aunque salieras de noche, te conocían y sabían que el domingo ibas a jugar; en el Bernabéu, si fallas y te pillan de fiesta, te conviertes de inmediato en blanco fácil.
El punto de ruptura llega en febrero de 2009. Después de varios errores y partidos flojos, el Bernabéu le silba con saña en un encuentro ante el Deportivo. El técnico Juande Ramos explica días después que el jugador está sufriendo ansiedad, que ha pedido no jugar, que necesita apoyo. Para un chico que se sentía invencible, aquello fue un choque frontal con la realidad.
El relato de Drenthe, con el tiempo, se vuelve brutalmente honesto. Cuenta que hubo días en los que se presentó a entrenar sin haber dormido: “Hay veces que he ido a entrenar de empalme… A veces he llegado tan borracho que me costaba aguantar”. Habla de sesiones suaves después de los partidos, de esconderse del míster, de noches eternas a la consola con Pepe y Marcelo. Y al mismo tiempo insiste en que nunca salió la noche antes de jugar, sino dos o tres días antes, como si siguiera negociando con su propio pasado.
El vestuario era también una fiesta organizada: “He tenido tantas noches bonitas con Guti…”, recuerda, describiendo las veladas con Sneijder, Robinho o Higuaín como una mezcla de hermandad y línea roja cruzada demasiadas veces. Mientras tanto, en el césped, Marcelo le iba ganando el sitio. El brasileño aportaba algo que el club percibía como más fiable defensivamente y más consistente en ataque. Drenthe, cada vez más cuestionado, quedó atrapado entre la etiqueta de “promesa eterna” y la de “fichaje fallido”.


En 2010, el Madrid lo cede al Hércules, recién ascendido. Debuta causando impacto. El equipo alicantino gana 0-2 en el Camp Nou y Drenthe se convierte en símbolo de aquel Hércules rebelde. Marca goles importantes, la grada le adora por su carácter, pero el idilio dura poco. En enero de 2011 deja de presentarse a los entrenamientos durante una semana. Alega impagos salariales, dice que no volverá mientras no se solucione el problema, y se coloca en el centro de una tormenta local. Poco antes había sido sancionado en Alicante por conducción temeraria, al circular a unos 160 km/h y saltarse varios semáforos en rojo. Se vio obligado a pedir disculpas públicas: “Tengo que concentrarme en el fútbol”, dijo, como una especie de propósito de enmienda que nunca terminó de cumplirse.

La temporada siguiente, Drenthe se marcha cedido al Everton. En Liverpool firma quizá sus mejores meses desde que dejó Feyenoord: goles, asistencias, sensación de encajar en un equipo que le permite correr, conducir, ser vertical. Sin embargo, la misma película se repite. Problemas de puntualidad, ausencias, desencuentros con David Moyes. El técnico termina dejándolo fuera de la convocatoria en una semifinal de FA Cup por llegar tarde a un entrenamiento, un gesto que simboliza el divorcio. A partir de ahí, la carrera se convierte en una sucesión de fotografías borrosas: Alania Vladikavkaz en Rusia —donde él mismo cuenta que acabó bebiendo vodka en el autobús de equipo y describiendo la ciudad como “totalmente destruida”—, Reading y Sheffield Wednesday en la segunda inglesa, Kayseri Erciyesspor en Turquía, Baniyas en Emiratos.
En 2016 anuncia su retirada a los 29 años. “Estaba cansado, deprimido, sin esperanza… No me hacía feliz el fútbol profesional, no me gustaba ese mundo”, contó en una entrevista. Libre del fútbol, Drenthe se reinventa como rapero bajo el nombre artístico Roya2Faces. Graba temas, rueda videoclips, se rodea de otra industria igual de voraz que la del balón. También se asoma a la televisión, participa en realities, prueba como actor en la serie neerlandesa de gánsteres Mocro Maffia y aparece como tertuliano en programas deportivos.

En paralelo, su situación económica se desploma. En 2020, un tribunal de Breda lo declara en bancarrota, con una deuda millonaria. Él asegura que parte del problema viene de la gestión de su abogado, aunque admite despilfarros y viajes constantes entre Madrid y Rotterdam. “Pensaba que era Dios, me encantaban las mujeres y la fiesta”, sintetiza en una frase que ya lo persigue casi tanto como sus carreras por la banda.
En los últimos años ha ido reconstruyendo su vida lejos del foco. Ha trabajado incluso como asistente sanitario en una residencia de personas con demencia, siguiendo la tradición de su familia en el sector cuidados, mientras seguía encadenando contratos en equipos modestos como Sparta Rotterdam, Racing Murcia, Real Murcia o Kozakken Boys. En noviembre de 2023 anuncia otra vez su retirada “definitiva”. Y en octubre de 2025 salta una noticia que añade un capítulo duro a su biografía. Sufre un derrame cerebral y es hospitalizado en los Países Bajos. Los comunicados oficiales hablan de una recuperación lenta pero esperanzadora.
Contar la vida de Royston Drenthe solo como la historia de una “decepción” sería injusto, pero no hacerlo sería mentir. Fue mejor jugador de una Eurocopa sub-21, fichó por el Real Madrid, ganó una Liga, silenció el Camp Nou con el Hércules, se convirtió en ídolo efímero del Everton. Y al mismo tiempo, se dejó la carrera en una mezcla de ansiedad, falta de estructura, fiestas, exceso de confianza y un entorno que a menudo se benefició de él más que cuidarlo.
Lo interesante de su caso es que hoy es él mismo quien narra la caída. En lugar de esconderse, acude a podcasts, programas de radio y platós a contar que sí, que montó una discoteca en casa, que fue a entrenar “de empalme”, que salió de fiesta tras un 2-6 ante el Barça, que perdió millones por gastar sin mirar. Drenthe se ha convertido en algo curioso, un espejo incómodo en el que el fútbol puede mirarse. El chico que parecía invulnerable admite ahora que estaba roto por dentro, que el ruido del Bernabéu le ahogaba, que el éxito le llegó demasiado pronto y sin cinturón de seguridad.
Es posible que la etiqueta de “joven promesa perdida” no se le quite nunca. Pero también es cierto que, con la salud en juego y una vida mucho menos glamourosa que la de sus años en el Bernabéu, Royston Drenthe ha encontrado algo que muchos futbolistas nunca llegan a tener: una voz propia para explicar dónde se rompió todo. Y en esa voz hay culpa, sí, pero también lucidez y una especie de ternura áspera hacia el chico de veinte años que, una vez, creyó que era Dios.
