HENRY, UNA INJUSTICIA; MARADONA, UNA GENIALIDAD

El 18 de noviembre de 2009, en el Stade de France, se escribió una de las páginas más polémicas del fútbol moderno. Francia y la República de Irlanda disputaban la repesca para acceder al Mundial de Sudáfrica 2010. Tras el 1-0 en la ida para los galos, los irlandeses habían devuelto la igualdad con un gol del capitán Robbie Keane en la vuelta. Todo estaba en juego. Hasta que apareció Thierry Henry.

En el minuto 103, con el partido en la prórroga, una falta lateral terminó en el segundo palo. Henry controló el balón claramente con la mano izquierda antes de asistir a William Gallas, que cabeceó el tanto decisivo. El árbitro no vio la infracción. El gol subió al marcador. Francia celebraba. Irlanda protestaba. Y el mundo entero se indignaba.

No fue un gol de belleza técnica ni una genialidad individual, pero quedó grabado por lo que representó, un tanto que no debió subir al marcador y que cambió la historia de dos selecciones.

Ese episodio inevitablemente recordó a otro, ocurrido 23 años antes en el Estadio Azteca de México. Sabes de qué te hablo, ¿verdad? El 22 de junio de 1986, en un Argentina–Inglaterra de cuartos de final del Mundial, Diego Armando Maradona saltó junto a Peter Shilton y marcó con la mano, lo que luego se bautizó como “La Mano de Dios”.

Ambos goles fueron ilegales. Ambos engañaron al árbitro. Ambos cambiaron el destino de un partido y de un torneo. Pero la percepción fue muy distinta.

La Mano de Maradona se envolvió en mística, quedó como un acto de picardía que, en plena resaca de la Guerra de las Malvinas, se interpretó como revancha simbólica de Argentina sobre Inglaterra. El propio Diego Armando lo elevó a leyenda con su célebre frase: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios.”

La Mano de Henry, en cambio, fue condenada de inmediato como una injusticia. Sin épica, sin poesía, sin simbolismo patriótico, sino como una acción que le arrebató a Irlanda un sueño legítimo. No hubo admiración, sino rechazo.

Tras el partido, Henry intentó justificarse: “Fue instintivo. Sí, toqué el balón con la mano. Se lo dije al árbitro, pero él tomó la decisión. No era mi papel anularlo.”

Del otro lado, el capitán irlandés Robbie Keane estalló ante los micrófonos: “Es una desgracia. Millones de personas lo vieron, menos los que tenían que verlo.”

La FIFA recibió una protesta formal de Irlanda, incluso se barajó la posibilidad de repetir el partido, algo que nunca sucedió. La frustración irlandesa contrastaba con el júbilo francés, aunque en Francia tampoco todos se sentían cómodos: muchos aficionados admitían que se clasificaban de manera injusta.

En 1986, Maradona llevó a Argentina a levantar la Copa del Mundo y su gol con la mano se transformó en mito. En 2009, Francia llegó a Sudáfrica entre dudas y terminó protagonizando un Mundial desastroso, eliminada en fase de grupos, con una huelga de jugadores y un vestuario roto. Para muchos, fue una especie de justicia poética.

El eco de ambos goles se siente todavía hoy. La Mano de Dios se recuerda como parte del genio irreverente de Maradona, en cambio, la Mano de Henry, como el ejemplo más claro de por qué el fútbol necesitaba tecnología.

La comparación entre ambas jugadas muestra cómo el contexto transforma la percepción. La acción de Maradona se convirtió en leyenda nacional, por otra parte, la de Henry, en una mancha de su carrera. Pero las dos dejaron huella, una en el imaginario popular, otra en la evolución del reglamento.

Tras la Mano de Henry, la presión para introducir sistemas de vídeo se hizo imparable. Años después llegaría el VAR, en parte como respuesta a jugadas como aquella.

Hoy, más de una década después, el tanto de Henry sigue siendo recordado como el gol que no debía haber existido. Mientras tanto, el de Maradona vive como el gol que todos recuerdan, incluso los que lo sufrieron. Dos manos, dos historias, un mismo deporte: el fútbol, capaz de combinar la magia y la injusticia en un solo gesto.