Siempre he tenido una debilidad por las terrazas de Barcelona, las morenas, los pivotes defensivos, los chilaquiles rojos, el fútbol inglés y los rockstars de los noventas. Pero una de mis mayores debilidades, son las historias de “héroes del pueblo”, de esos que se educaron en las calles y luego tocaron el cielo.
En una mezcla de algunas de mis debilidades (ciertamente no la de las morenas), nace mi fascinación por los hermanos Gallagher, que no podrían ser más ingleses ni aunque Harry Potter les escupiera té en Abbey Road. Y que probablemente de no haber sido porque Wonderwall se atravesó en su camino, la rutina de Noel y Liam se conformaría por salir a pegarse a las calles de Manchester con su conjunto adidas y un litro de cerveza de desayuno, rutina que de igual forma practican de vez en cuando.
Noel (1967) y Liam (1972) Gallagher crecieron en Burnage, un barrio obrero donde la vida se parecía más a una trinchera que a un hogar. Entre fábricas apagadas y techos húmedos, aprendieron lo que significa resistir. Allí el fútbol era algo más que noventa minutos, era identidad, refugio y un idioma común donde cualquiera podía gritar sin pedir permiso.

Ser del Manchester City en los ochenta y noventa era casi un acto de fé. No había títulos ni gloria, solo la fidelidad testaruda de quienes cantaban incluso en la derrota. Esa lealtad moldeó el carácter de los Gallagher; la rebeldía que después volcaron en los escenarios nació antes, en la grada de Maine Road, entre derrotas amargas y alguna victoria que sabía a eternidad.
En 2008 el club cambió de manos y de categoría con ello, la Abu Dhabi United Group, propiedad de Sheikh Mansour, tomó el control y abrió la puerta a un ciclo de abundancia y sospecha. Muchos hablaron de sports washing, de pérdida de identidad, de que si ganaban lo harían a base de billetazos. Pero ahí estaba Oasis como recordatorio, que por más que llegarán millones, el City seguía siendo el club de los Gallagher, y por extensión, del pueblo.
El gesto fundacional de esa comunión moderna llegó en 2016. La primera entrevista oficial de Pep Guardiola como técnico del City la hizo Noel Gallagher para CityTV. Uno de los mejores entrenadores de la historia recibiendo preguntas de un hincha con guitarra; el club hablándose a sí mismo. Esa escena selló un pacto invisible para la afición. Mientras los Gallagher siguieran siendo tan hinchas, ellos también lo serían.
Las canciones hicieron el resto. Wonderwall se convirtió en ritual de vestuario, Pep la eligió como himno previo a partidos decisivos. Don’t Look Back in Anger trascendió lo futbolístico y se volvió canto de resistencia en vigilias y derrotas. Live Forever sirvió de tributo a héroes caídos. Incluso sin hablar de fútbol, Oasis escribió himnos que funcionaban como cánticos porque nacieron de la misma materia, la necesidad de una multitud de cantar unida, de espantar la derrota con música.

La noche más importante en la historia citizen, puede ser una película de Nolan con instrumental de Hans Zimmer y de título una de mis citas favoritas de una de mis canciones preferidas de los Gallagher. “A dreamer dreams, she never dies” — Champagne Supernova
En el minuto 68 de la final de Champions en Estambul, cuando Rodri vio el balón al borde del área, supo en ese instante que cargaba el peso de un sueño colectivo. La pelota viajó tras el pase de Bernardo Silva y, en ese momento, no sólo estallaron los Citizens, sino también el aficionado que tarareaba Slide Away en su coche y quien alguna vez encontró consuelo en Don’t Look Back in Anger.
Porque todos intuyeron que algo estaba por romper. Fue más que un gol. Fueron un puñado de memorias liberadas, fueron casi 16 años de espera desde la disolución de Oasis en 2009 hasta el anuncio de su regreso en 2024. Y mientras “a dreamer dreams, she never dies”, el sueño celeste de ser campeón de Europa dejó de ser un canto lejano para convertirse en realidad.

“I said maybe, I don’t really wanna know how your garden grows, ’Cause I just wanna fly. Now is not the time to cry, Now’s the time to find out why. I think you’re the same as me, We see things they’ll never see. You and I are gonna live forever.”
Y en ese regreso, en Cardiff, Oasis interpretó Live Forever como homenaje a Diogo Jota, delantero del Liverpool que había perdido la vida días antes. Aquel gesto reveló lo esencial. Porque más importante que ser hincha de un club, es ser hincha del fútbol, de la humanidad que lo sostiene. Noel y Liam, irreverentes y legendarios, supieron siempre que las canciones no eran solo para un estadio, sino para cualquiera que necesitara sostenerse de una melodía.
Oasis vivirá por siempre en cada tribuna inglesa que coree sus himnos, pero también en la cocina de una ama de casa que lava los platos con Wonderwall de fondo, o en el taller de un mecánico que afloja un tornillo mientras suena Supersonic. Porque esa es su verdadera grandeza, haber hecho del rock un refugio universal, tan cercano como el fútbol mismo.