“Una preocupación fundamental por las demás personas en nuestras vidas individuales y comunitarias contribuiría en gran medida a hacer del mundo un mejor lugar, con el que tan apasionadamente soñamos.” Nelson Mandela tenía una fiel ambición. Creía que la indiferencia no cambiaría un mundo injusto, lo harían las acciones.
Y, como en tantas otras etapas de represión, el balompié fue esa acción. Durante los años sesenta y setenta, Sudáfrica vivía bajo el régimen del apartheid, un sistema de segregación racial institucionalizada que dividía al país en dos mundos. Uno blanco, con privilegios; y otro negro, con silencio y represión. El gobierno prohibía los matrimonios mixtos, separaba escuelas, transportes y hospitales. La desigualdad no solo era cultural, era ley.
En esa maquinaria de opresión, Robben Island era el último escalón, una isla-prisión frente a Ciudad del Cabo donde enviaban a los líderes políticos del movimiento anti-apartheid; sindicalistas, profesores, estudiantes, activistas. Allí el aislamiento, el trabajo forzado y el hambre buscaban quebrar cualquier idea de resistencia. Pero en medio del polvo blanco de la cantera y las celdas de dos metros, algunos presos imaginaron algo impensable, una liga de fútbol.
Tras años de peticiones semanales desde 1964, los presos lograron el permiso en 1967. Y así nació la Makana Football Association (MFA), una liga que imitaba la estructura de la FIFA con estatutos, árbitros, comités disciplinarios y reglamento oficial. De hecho, el manual de la FIFA era uno de los pocos libros permitidos en la biblioteca.
Su nombre fue un homenaje a Makana Nxele, un líder xhosa encarcelado en esa misma isla en el siglo XIX. El gesto no era menor, nombrar la liga como a un prisionero del pasado era decirle al régimen que su espíritu seguía vivo.
Cinco hombres iniciaron el proyecto: Mark Shinners, Tony Suze, Lizo Sitoto, Sedick Isaacs y Marcus Solomon. El primer presidente fue Dikgang Moseneke, quien redactó la constitución de la liga a los veinte años y quien después sería vicepresidente de la Corte Constitucional. Entre los jugadores destacaban Steve Tshwete, Jacob Zuma y Tokyo Sexwale, integrante del Umkhonto we Sizwe, el brazo armado del Congreso Nacional Africano. Sexwale fue arrestado en 1977 y enviado a Robben Island, donde pasó trece años junto a otros presos políticos.

Tras su liberación, Sexwale se involucró activamente en la política del nuevo Sudáfrica democrática, fue el primer Premier de la provincia de Gauteng (1994-1998) tras las elecciones de 1994, y más tarde, en 2009, fue nombrado ministro de Asentamientos Humanos en el gobierno del presidente Jacob Zuma. Pero una de las obras más importantes de Tokyo fue una frase que resumiría la estancia de cientos en Robben Island durante la época del apartheid: “Football kept us alive”. El balón, entre muros y alambradas, se convirtió en una forma de respirar.
Todos los jugadores estaban presos por activismo político contra el apartheid. Eran miembros del Congreso Nacional Africano (ANC) o del Pan Africanist Congress (PAC). Sus “delitos” fueron organizar huelgas, distribuir panfletos o simplemente desafiar al poder.
La MFA llegó a administrar tres divisiones con nueve clubes y más de la mitad de los presos participando. Algunos registros hablan de hasta veintisiete equipos con el paso de los años. El campo era de tierra, las porterías de madera, los balones de trapo. Al principio jugaban descalzos, hasta que lograron conseguir uniformes a través de la Cruz Roja. Cada sábado los presos se reunían para arbitrar, discutir reglas y votar sanciones.

El fútbol se convirtió en un ensayo de libertad, un espacio donde todos obedecían las mismas reglas, donde los líderes del ANC y del PAC jugaban en el mismo equipo, donde el respeto al árbitro era una forma de recordar que la justicia era posible. En un entorno donde el tiempo se disolvía entre castigos y trabajo forzado, el fútbol fue el único reloj que marcaba los días. Cada partido simbolizaba una pequeña victoria contra el sistema que intentaba deshumanizarlos.
Incluso los guardianes de la prisión, con el tiempo, empezaron a mirar los partidos con respeto. Algunos terminaron alineando equipos; otros, concediendo permisos. A unos metros de la cancha, Nelson Mandela, Walter Sisulu y Ahmed Kathrada estaban confinados en el ala de máxima seguridad. No podían jugar ni asistir a la cancha. Pero los sábados salían al patio justo cuando comenzaban los partidos. Veían y escuchaban los gritos, los silbatazos, los aplausos. “Era el único sonido de alegría auténtica que atravesaba las paredes del encierro.” comentaba un tal Nelson Mandela.
Cuando los guardias notaron que los líderes salían a observar los partidos, ordenaron levantar un muro más alto entre las dos secciones. Mandela dejó de ver el juego, pero siguió escuchándolo. “Nos quitaron la vista, pero no el eco de la esperanza. Cada gol era una pequeña victoria contra el sistema.” Ese muro se convirtió en símbolo del apartheid, una barrera física que pretendía aislar la esperanza, pero que, en la práctica, sólo amplificó su eco. En 2007, la FIFA otorgó membresía honoraria a la Makana Football Association. Varios de sus miembros. Moseneke, Sexwale y Zuma se convirtieron en pilares del nuevo gobierno democrático. El fútbol que nació entre rejas terminó siendo un puente hacia la reconciliación.
Tres años después, en 2010, Sudáfrica se convirtió en el primer país africano en recibir una Copa del Mundo. Y fue Nelson Mandela, quien levantó el trofeo frente a un estadio lleno. Robben Island, la misma prisión que había levantado un muro para ocultar un balón, se había transformado en Patrimonio de la Humanidad y en símbolo
de libertad.

El fútbol fue y sigue siendo, una ruta de escape, un transporte de metáforas sociales, una pancarta de revolución. En la prisión fue un salvavidas; en las calles, un manifiesto; y en 2010, una celebración de humanidad. Mandela, que un día no pudo ver el juego detrás de un muro, terminó viéndolo jugarse libre, sin muros, en su país.