En un rincón de la Córdoba eterna, donde el aire se mezcla con el polvo del mate Playadito, un joven Óscar Alberto Dertycia comenzaba a escribir su historia sobre las canchas. «Me inspiró jugar a la pelota con los amigos del barrio», dice con una sonrisa que guarda la nostalgia de esos primeros partidos en la calle, frente a frente con sus colegas del barrio, mientras los autos pasaban como testigos de un talento que comenzaba a brotar y que lo llevarían a incorporarse a sus cortos 13 años a las inferiores del conjunto de su ciudad, Instituto de Córdoba.
Como alguna vez cito Sheryl Sandberg “Si te ofrecen asiento en un cohete, no preguntes que asiento es, simplemente súbete al cohete”. A los 17 años, debuta en la Primera División de Argentina con el cuadro cordobés. “Sin darte cuenta llegas a ser profesional, porque el fútbol te llama, te arrastra, te lleva”, declara como si fuera un designio mágico, una de esas profecías que sólo el tiempo cumple.
No hubo espacio para dudas, ni para miedos. «No estás preparado para ese compromiso sigues siendo un pibe», confiesa, pero el fútbol no espera el momento adecuado. Te lanza a la cancha y te pide destacar, ya sea por ser el que pisa la redonda con desparpajo o por postrarte en el área rival estoico ante los defensores duros de roer de los 80’s en la Primera División que igual te rompían los cruzados como te sacaban una navaja a medio partido.

«La pasión nunca se fue y nunca cambió», afirma Dertycia. Su camino lo llevó pronto a la selección juvenil, bajo las órdenes del mítico Flaco Menotti. De ahí en adelante, su historia se entrelaza con la de los más grandes del fútbol argentino. Compartiendo vestuario con Maradona, Ruggeri, Burruchaga, y algunos otros iconos del 86. Estuvo presente durante toda la gira premundialista de la albiceleste en el 85 rotando la punta del ataque con Jorge Valdano.
Pero la vida, como el fútbol, a veces es caprichosa. Estaba en la antesala del Mundial, entre los 23 elegidos, cuando un giro inesperado del destino lo dejó fuera de la lista final tras una decisión técnica de su entrenador Bilardo. «Me sentí campeón del mundo, aunque no viajé», asegura con una paz admirable.
Tras sus destacadas actuaciones con el club cordobés con más de una veintena de goles dio el salto a tan solo a un año después de su debut a Argentinos Jrs. donde no tardaría mucho en llamar la atención de equipos extranjeros. Europa, ese viejo continente donde los sueños argentinos encuentran refugio, le abrió sus puertas. Fiorentina fue su primera parada, y allí, en tierras florentinas, se codeó con mitos del fútbol como Roberto Baggio y Dunga.
Es en el calcio donde el destino volvería a mostrar su lado cruel; una ruptura de ligamentos, provocada por un choque con Diego Maradona en un encuentro contra el Nápoles de la Copa Italia, lo alejó de los estadios por casi un año. «La lesión con Maradona me afectó en muchos sentidos. Primero, no asimilé que iba a estar demorado casi 10 meses sin jugar al fútbol profesional, por los nervios y por el estrés pierdo los pelos de todo el cuerpo, me cambia el look. Mucha gente pensó que tenía una enfermedad mucho peor”. “Con Diego hablé después de la lesión. El lunes llegó al hospital, a la Vila Donatello, donde había nacido mi hija Arianna, en Florencia. Nos saludamos y charlamos, lo que necesitaba de él, estaba ahí, apoyándome al 100%. Tenía su respaldo continuamente” Cuando habla del Diego, lo hace con la admiración de quien ha compartido momentos con un ser tocado por la gracia. “Tenía tres jugadas en la cabeza mientras nosotros apenas pensábamos en una”.

Hablar de su relación con Maradona es como escuchar una canción que nunca deja de sonar en la
radio. «Compartir cancha con Diego es lo máximo», dice con un brillo en los ojos. El genio de
Villa Fiorito siempre estuvo un paso adelante, y aprendió a leerlo, a anticipar sus movimientos
como quien anticipa el viento antes de una tormenta. «Yo encima pierdo el mundial del 90. ¿Te
imaginas si lo hubiera lesionado yo en esa jugada?, estaríamos contando otra historia.” Hasta
fuera de la cancha era un jugador para el equipo, y así fue como los malditos caprichos del
destino privaron a Oscar Dertycia de saborear lo que es jugar una Copa del Mundo.
Marthin Luther King citó alguna vez: “Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de
redención que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado.” La revancha deportiva de
Dertycia llegaría en tierras ibéricas, en el Cádiz y, sobre todo, en el Tenerife. Allí, en la isla que
parece suspendida en el Atlántico, Óscar escribió una de sus páginas más gloriosas. En la última
jornada de La Liga en el 93’, frente al coloso del Real Madrid, remata de cabeza y desata un
grito de liberación. El gol que clasificó al Tenerife a la Copa de la UEFA y que coronó una
temporada inolvidable, arrebatando al mismo tiempo aquella liga del club merengue.

Hoy, cuando mira hacia atrás, no lo hace con melancolía, sino con la satisfacción de quien sabe que vivió intensamente cada momento, que entregó todo lo que tenía en cada jugada. «Si tuviera que nacer de nuevo, repetiría lo mismo», asegura. Con la serenidad que otorgan los años y la distancia, Dertycia sigue siendo ese chico del potrero, el que jugaba en las calles del barrio y soñaba con goles imposibles. «Me gustaría ser recordado como un goleador potente, solidario, que trabajaba para el equipo», hoy se encuentra entrenando a las inferiores del club de sus amores, el Instituto de Córdoba, porque una vez eres jugador del pueblo no dejas de ser para el pueblo nunca.