El primer amor nunca se olvida. Tan cierto es como variopinto el recuerdo que cada uno guarda del mismo. Como todo, para algunos deja un sabor amargo mientras que, para otros, el paso del tiempo hace que solo perdure lo bello del asunto.
Italia es un país que guarda una relación especial con la muerte y el fútbol. Son numerosas las crónicas negras que pueden relatarse, pero ninguna como la de Turín y el Torino. En 1949, un accidente de avión terminó de un plumazo con una generación única de este equipo y del fútbol transalpino. Su casa, el Estadio Filadelfia, pasó a mejor vida décadas después. Tan triste como consecuente.
Anticipado el trágico final que se avecina, conviene volver la vista atrás y recordar los años de esplendor de un estadio que fue testigo de una de las épocas más gloriosas que ha conocido el fútbol europeo.

A comienzos de la década de 1920, el conde Enrico Marone Cinzano, entonces presidente del Torino, decidió dotar al club de un hogar propio. Para ello creó una empresa específica destinada a la construcción de un estadio con campo de entrenamiento anexo.
La periferia de Turín fue la ubicación elegida, concretamente el barrio de Filadelfia (que daría nombre al feudo). Cinco meses de obras y una inversión cercana a los 2,5 millones de dólares: el Torino inauguró su nuevo estadio el 17 de octubre de 1926 con una contundente victoria por 4-0 frente a la Virtus de Roma. El choque contó incluso con la presencia de Umberto II, entonces príncipe y futuro último rey de Italia.
La fachada del recinto se construyó en ladrillo rojo, con columnas y grandes ventanas. Rodeado por un muro, el estadio disponía de dos gradas con capacidad para 15.000 espectadores cada una. En la entrada, una gran bandera del Torino de unos seis metros de altura.

Entre sus ídolos figuran nombres como el talentoso Ezio Loik, Mario Rigamonti, Giuseppe Grezar, Guglielmo Gabetto y, como líder futbolístico y simbólico, el capitán Valentino Mazzola. El mediapunta encarnaba lo que significaba el Torino: carácter, elegancia, superioridad y fútbol.
Durante casi cuarenta años, este fue el hogar del Torino. Un fortín desde el que el club granata se convirtió en uno de los grandes dominadores del fútbol italiano del siglo XX. Allí se forjó el mito de Il Grande Torino. En ese césped, aquella generación de futbolistas jamás vista en el balompié italiano alzó los campeonatos de liga en 1943, 1946, 1947, 1948 y 1949.
Bajo la dirección de la familia Novo, el Torino se convirtió en el equipo del pueblo. El toro rampante y la camiseta granate eclipsaban incluso a la bianconera de la Juventus, algo difícil de imaginar hoy, pero verosímil en aquellos tiempos.

Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial logró frenar del todo a aquel Torino imponente. El estadio sufrió bombardeos y la liga se detuvo durante dos temporadas, pero el equipo recuperó su trono en cuanto el balón volvió a rodar. En aquellos años oscuros, Mazzola y los suyos fueron una luz deportiva que ofrecía orgullo y evasión.
La tragedia de Superga
El 4 de mayo de 1949, el destino castigó al fútbol. El avión que transportaba al Torino tras un amistoso en Lisboa se estrelló contra la colina de Superga. Murieron jugadores, cuerpo técnico, periodistas y tripulación. Solo sobrevivió Sauro Tomà, que no viajó con motivo de una afortunada lesión. Italia entera quedó paralizada. El Torino desapareció en un instante y, con él, una era irrepetible.
Tras el accidente de Superga, solo ganaron una liga, en 1976, y las copas de 1968, 1971 y 1993. Las desgracias debilitaron al club mientras, al otro lado de la ciudad, la familia Agnelli impulsaba económicamente a la Juventus. Con el paso de los años, los títulos cambiaron de bando e, inevitablemente, los niños entregaron su corazón al vecino ganador.
La muerte volvió a golpear en la década de los sesenta con la pérdida del futbolista Gigi Meroni, ídolo del Toro, quien fue atropellado por un hincha en 1967. Y no un aficionado cualquiera, pues Attilio Romero sería presidente del equipo años más tarde —lo llevó a la bancarrota en 2005, cosas del Torino—. De nuevo, el destino se ensañaba con un club acostumbrado a sufrir. Y, como reflejo de ese declive, el estadio comenzó también a deteriorarse.
Abandono del Filadelfia
Desde la tragedia de Superga, el Estadio Filadelfia siguió siendo la casa del Torino, pero ya no era el mismo. Otrora feliz y vigoroso, se convirtió en un lugar triste y melancólico, huérfano del esplendor que perdió en aquel maldito accidente.
A finales de la década de los cincuenta, se aprobó un plan para la reforma completa del Filadelfia, para lo que el equipo se desplazó al Estadio Comunale. El descenso a la Serie B en 1959 precipitó su vuelta al Filadelfia, que abandonarían definitivamente el 19 de mayo de 1963, en un empate a uno frente al Nápoles. A partir de la temporada siguiente, el club se mudó definitivamente al Comunale, más grande y moderno.

El antiguo feudo quedó relegado a campo de entrenamiento hasta 1989. Después, el abandono fue total, pues las autoridades decretaron que no cumplía con las medidas de seguridad. El estadio se fue desmoronando lentamente, víctima del olvido y de la burocracia. Aunque el Ayuntamiento de Turín asumió su propiedad, los proyectos de recuperación se encadenaron sin éxito, mientras los aficionados del Toro presionaban para salvar el escenario de sus mejores recuerdos.
No obstante, cuando la situación invitaba al total pesimismo, surgió una última esperanza. Gracias al impulso de unos aficionados, la Fundación Filadelfia, con apoyo institucional del consistorio y del gobierno regional del Piamonte, el 25 de mayo de 2017 se inauguró el nuevo estadio, ya remodelado.

Aunque no trajeron de vuelta su antiguo esplendor, al menos rescataron su dignidad y lo devolvieron al pueblo como lugar de memoria e identidad. Ahora juegan allí sus juveniles.
Hoy en día, el Toro es para la Turín romántica, la que se resiste, la idealista. El primer amor nunca se olvida y, fiel a esta consigna, la afición granata aún ve en el Estadio Filadelfia un hogar, un refugio y un testigo silencioso de la gloria y la tragedia. Un club que solo claudicó ante el destino. Ojalá sea el mismo destino quien le permita reencontrarse, al menos en espíritu, con la gloria perdida. El Filadelfia, un recuerdo amargo del primer amor.