En un mundo, en el que los jugadores suelen retirarse rodeados de lujos en países donde el fútbol es un entretenimiento para los magnates, yo soy más de los que bajan al barro. Soy de David Trézéguet.
Para Henry, Trézéguet es el mejor finalizador que han visto sus ojos, y, para mí, un hombre con valores. En 1977, en Rouen, Francia, nacía David Trezeguet, hijo de un central argentino llamado Jorge que, tras su paso por CA Estudiantes, militaba en el FC Rouen 1899, equipo de la primera división francesa. Tras la corta estancia en el club y el nacimiento de su hijo, la familia Trezeguet volvió a Argentina, país en el que David comenzó a dar sus primeras patadas a un balón.

Trézéguet inició su carrera en Sudamérica, en el modesto Platense, con tan solo 16 años. Su precoz talento hizo que saltaran las alarmas en Europa, y, después de dos temporadas en Argentina, el AS Mónaco tocó su puerta. El joven delantero tuvo un inicio complicado, entre sus dos primeras temporadas solo jugó 10 partidos, pero como dicen “a la tercera va la vencida”. En la temporada 97/98 marcó 24 goles, que sirvieron para que la selección francesa se fijase en él y le convocase para el mundial de 1998. Tras un gol en seis partidos, David se proclamó campeón del mundo.
No sería hasta el año 2000, donde Trezeguet haría historia. 2 de julio, Rotterdam, empate a uno entre Francia e Italia para ver quién se llevaba el trofeo de campeón de Europa, y, fue David Trézéguet quien, con una volea, sentenció a los italianos con su “gol de oro”. Casualidades de la vida, ese mismo verano la Juventus de Turín lo fichó por 25 millones. Trézéguet solo tenía una misión, que su nombre pasase de villano a héroe.
Fue una tarea sencilla para él, cayó de pie en el conjunto bianconero. Se convirtió en el máximo goleador durante 10 temporadas, incluida aquella en Serie B, por el escándalo del Calciopoli. En vez de huir David demostró sus valores, bajando al barro y jurando devolver a la Vecchia Signora a donde merecía estar.
Después de 320 partidos y 171 goles, el galo, a sus 33 años, aterrizó en Alicante, en un humilde Hércules CF que venía de ascender a primera división. Junto con Drenthe, Nelson Valdez, Tote y jugadores míticos, hizo una temporada de ensueño con grandes victorias a clubes como FC Barcelona, Atlético de Madrid o Valencia, pero esta se vio truncada por impagos, y el club volvió a descender.

Tras seis meses en el FC Baniyas, de Emiratos Árabes, el ariete bajó al verdadero barro con el club de sus amores. River Plate estaba en la B por primera vez en su historia, y no lo dudó ni un segundo, él debía llevarlos de vuelta a primera, como ya lo hizo una vez en Italia. Con 13 goles fabricó el ascenso del Millonario, quién le brindó una segunda temporada ya en primera, antes de su marcha a Newell´s Old Boys, cerrando así su carrera profesional en la tierra que lo vio crecer.

Una leyenda olvidada por algunos, pero imborrable para quienes entienden que el fútbol también se escribe con humildad, coraje y amor.