DON PEPE: “Perdí la vista, pero aprendí a ver el futbol con las manos”


Los débiles no luchan, los más fuertes quizás luchen una hora, los que son aún más fuertes,
luchan unos años. Pero los más fuertes de todos, luchan toda su vida, éstos son los
indispensables.
La reflexión se la hizo Bertolt Bretch, poeta y dramaturgo alemán. Don
Pepe, un rojinegro indispensable, toma asiento en la fila L, número 26 de la Zona Baja del
Estadio Jalisco. En la butaca contigua, su hijo Omar Loera le sujeta la mano con firmeza,
listo para narrarle cada jugada con señas. Moviendo su mano con la misma naturalidad que
la de cualquier otra persona charlando, mientras su papá la sostiene para vivir el encuentro.

Los murmullos de la tribuna, los cánticos y los tambores son un eco lejano en su memoria,
pero la vibración en el suelo, la tensión en los dedos de su hijo y la brisa de la noche, son
los indicios de que algo más grande está por pasar. La primera vez que Don Pepe piso este
estadio tenía nueve años, no podía oír el rugido de la afición, pero veía cómo los rostros se
encendían con cada jugada, la piel se le erizaba con la emoción colectiva, el vaivén de las
banderas ondeando en la grada y los abrazos entre desconocidos. Fue ahí donde supo que el
futbol no era solo un juego, sino un lenguaje, uno que aprendería a sentir de otras maneras.

Omar sosteniendo la mano de su padre durante la entrevista.

En la actualidad, a sus 57 años, José de Jesús Loera (Don Pepe), no puede ver ni escuchar,
pero vive el futbol con la misma intensidad que la de aquel niño de nueve. El menor de los
hijos, Omar, se ha convertido en sus ojos y oídos, periodista personal desde los ocho años
que le comunicaba los resultados o le resumía los encuentros del club rojinegro, y cronista
de bolsillo cuando lo acompaña a los partidos y narra los encuentros en vivo con lenguaje
Dactyls o lenguaje de señas táctil.

Un par de movimientos sutiles de sus manos son suficientes para descifrar lo que ocurre en
el terreno de juego, traduciendo cada pase, falta o atajada en un código que solo ellos
entienden. Más que una crónica, es un ritual, una conexión que va más allá del deporte.
Omar aprendió el lenguaje de señas junto con el verbal. «Desde chiquito aprendí lengua de
señas sin ir a clases, de manera muy natural. Me decían ‘mamá’ y yo también aprendía la
seña, siempre fue muy natural comunicarse con las manos para nuestra familia». Y así, sin
darse cuenta, estaba preparando el camino para convertirse en la voz que su padre
necesitaba en la cancha.

La entrevista inicia con un Don Pepe emocionado, portando una camiseta que dice “Orgullo
Rojinegro” (porque, para ser hincha, no hay días de descanso), toma asiento junto a su hijo
Omar, en el sofá́ de su casa y como si fuera el asiento 26 del Jalisco en un sábado por la
noche, sostiene con inmediatez, casi por inercia la mano de su padre para explicarle la
situación, quien era el que estaba por entrevistarle y transportándolo con señas a un
contexto más específico.

¿Quién es Don Pepe? Pregunté para comenzar la entrevista, a lo que responde “solo soy
papá de Omar”. Aunque en realidad este aficionado del Atlas es algo más que un
extraordinario padre. José́ de Jesús Loera actualmente, a sus 57 años, colabora en
Guadalajara, México, con la Asociación Civil “Segunda Mirada” donde brinda talleres y
conferencias a personas con discapacidad auditiva, visual y múltiple para realizar diferentes
actividades y vencer el miedo a las tareas cotidianas, apoyando a todos a sobrellevar
obstáculos que él ya ha sabido maniobrar en algún momento debido al síndrome de Usher
que padece desde su nacimiento.

El síndrome de Usher de acuerdo con el National Eye Institute: es una enfermedad genética
poco común que afecta tanto a la audición como a la visión. Causa sordera o perdida de la
audición y una enfermedad ocular conocida como retinosis pigmentaria. Las personas que
tienen el síndrome de Usher nacen con esta enfermedad, pero generalmente se les
diagnostica durante la niñez o la adolescencia. No existe cura para el síndrome de Usher,
pero los tratamientos pueden ayudar a las personas a controlar sus problemas de visión,
audición y equilibrio. Don Pepe nació con síndrome de Usher, por lo que nació́sin audición
y fue perdiendo la vista de forma gradual hasta que a los 33 años la perdió́ por completo.

Los recuerdos de cómo se enamoró del deporte balompié son claros. “A los 9 años, cuando
aún podía ver, recuerdo que mi papá me llevó al estadio Jalisco, yo ya no podía escuchar,
pero veía como la gente se emocionaba y se me erizaba la piel, nunca había vivido nada
igual antes, desde entonces empecé́ a seguir de cerca el futbol y aunque mi papá me decía
que tenía que ser de las Chivas por ser el más ganador de Guadalajara, el Atlas se volvió́
especial para mí, me gustaba más por alguna razón, los colores me atraparon”.

Con el tiempo, su manera de experimentar el fútbol cambió, a los 28 años comenzó a perder
la vista de forma considerable, una transición que fue tan desafiante como inevitable. «Cada
vez me tocaba por la tribuna o el lugar más arriba, y pues ya no veía el partido como tal. Se
me escapaba el balón, ya no distinguía a los jugadores, hasta cierto punto empezaba a ver
puras manchas en el césped». La desesperación de no poder seguir el juego como antes lo
llevó a alejarse por un tiempo de los estadios. Sin embargo, el amor por el Atlas nunca
desapareció, solo estaba esperando una nueva forma de manifestarse.

La solución llegaría en 2013, cuando sus hijos, rojinegros por herencia, comenzaron a
narrarle los partidos en vivo usando Dactyls. «Ellos me tomaban las manos y me describían
las jugadas con señas. De esta manera, yo podía ‘ver’ el partido a través de sus manos, me
emociono saber qué volvería a sentir el futbol». José descubrió una nueva forma de vivir el
fútbol, sintiendo la emoción del juego a través de las manos de sus hijos.

En 2014, un año después de empezar a asistir a los juegos con esta técnica, su historia dio
un giro inesperado. El Atlas les otorgó un bono de socio vitalicio para asistir con un
acompañante a todos los partidos en el Coloso de la Calzada Independencia. «Ese momento
marcó un antes y un después», dice José. Pues desde entonces, no ha dejado de manifestarse
cada 15 días en las gradas de los zorros. Su presencia en el estadio se volvió un símbolo de
fidelidad y amor inquebrantable para el conjunto rojinegro y para los miles de seguidores
que han podido compartir la tribuna con él.

Gracias a este detalle del club atlista, es que Don Pepe ha podido coleccionar una baraja
significante de momentos épicos. Pero cuando tiene que nombrar uno en particular, no duda
ni un segundo. Semifinal de vuelta del 2021 contra Pumas. «Fue el partido más emotivo que
he vivido». Aquel 3 de diciembre a las 21:00, el Atlas llegaba con ventaja tras una victoria
por la mínima en su visita al Olímpico Universitario. El estadio vibraba con la expectativa
de inmiscuirse tras más de dos décadas en una final de liga y los 70 años de no consagrarse
campeones, los fantasmas que acosan a la institución se hicieron presentes cuando
empezaron a fallar acciones claras y el silencio inundó las gradas cuando en el minuto 80,
Juan Dinenno anotó para Pumas tras un mal rechace de un pilar como Camilo Vargas.

«Podías cortar el nerviosismo con un cuchillo, éramos más de 50 mil personas con los
nervios por las nubes», recuerda Omar. El tiempo se dilataba en la agonía de los últimos
minutos, los defensores del Atlas defendieron su portería como soldados en trinchera y se
mantuvieron así, hasta que el árbitro pitó el término del encuentro y debido a la posición en
la tabla se metieron a la final. «Todo el estadio reventó. Mi papá me abrazó porque de la
emoción ya hasta se me estaba desmayando».

Al mismo tiempo que me contaba la anécdota de aquella velada en el Jalisco, relataba con sus manos a su padre aquel recuerdo, y mientras avanzaba el relato, se dibujaba una sonrisa más y más grande en el rostro de Don Pepe. «Es sin duda mi recuerdo favorito con mi papá. Lo volteé a ver y me hizo la señal de que sentía que se iba a desmayar. Para mí, esa es la memoria más linda con el futbol». La historia no terminó allí. Cuando el Atlas ganó la final frente a la fiera en tanda de penales, el club le extendió una invitación especial: «Nos llevaron a la cancha a celebrar con el equipo. Me dejaron tocar la copa, festejar con los jugadores y con el entrenador». Para Don Pepe, este momento simbolizó el reconocimiento a su inquebrantable pasión y apoyo al equipo. «Entendieron que yo también era parte de la historia de este campeonato, y eso es algo que jamás olvidaré».

A lo largo de los años, Don Pepe ha tenido la oportunidad de conocer a varias leyendas del
club. «Rafa Márquez, el capitán Rocha, el Huesos Reyes, Furch… cada uno ha sido
importante en distintas etapas». Pero más allá de los jugadores, lo que más valora es la
conexión que ha creado con sus hijos a través del fútbol. «Se siente increíble porque ahora
ellos son los que me dicen cuándo son los partidos, a qué hora nos vamos a ir, quién va a ir
con nosotros». Omar coincide: «El fútbol es más que solo un partido, es el momento en
familia, el antes y el después. Se vuelve una tradición que nos une».

Cuando se le pregunta a Omar sobre la mayor enseñanza que le ha dejado su padre, esboza
una media sonrisa, se le corta un poco la voz y, no duda en responder. «El salir adelante a
pesar de las circunstancias. No hay un ‘no se puede’. En los retos de la vida, del trabajo,
nunca podemos decir ‘hasta aquí llego’ porque siempre hay un ejemplo en casa que nos
demuestra que estamos equivocados».

Para Don Pepe y su familia, el Atlas es más que un equipo. Es la excusa perfecta para
reunirse, la pasión que los une y el motor de muchas de sus historias favoritas. Y así se
entiende que el futbol es lo más importante de lo menos importante, recuerdas de qué se
trata el juego, lo que motiva, lo que genera y lo que inspira. A día de hoy, Omar y Don
Pepe siguen disfrutando del futbol como solo ellos saben, tomando la mano del otro desde
el minuto 1’ y hasta que suena el silbatazo final.