
Mundial México 1970: exuberancia, brillantez, la Brasil de “los Cinco Dieces” (Pelé, Tostão, Rivellino, Gérson y Jairzinho) como la selección más ilustre de la historia de los Mundiales, el primer Mundial transmitido por satélite en color a todo el mundo en la época donde el Hombre, de la mano de los estadounidenses, llegó a la Luna un año antes en el contexto de la carrera especial de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América.
En este Mundial, los cuatro semifinalistas eran excampeones del mundo (Brasil-Uruguay e Italia-Alemania Federal), y la distribución de los equipos aseguraba una final entre Europa y Sudamérica. En el encuentro sudamericano, que se trasladó polémicamente de la capital a Guadalajara, a menor altitud, Brasil remontó para derrotar a Uruguay por 3-1 y ganarse el derecho a disputar su cuarta final de un Mundial. Uruguay afirmó que todos los calendarios publicados antes del inicio del torneo el 31 de mayo indicaban que la semifinal para el equipo que saliera de los cuartos de final se jugaría en Ciudad de México. Luís Cubilla, jugador uruguayo, declaró lo siguiente: «La FIFA ha perjudicado nuestras posibilidades. Calculábamos que Brasil tendría que venir a Ciudad de México y ascender 1000 metros. En cambio, tenemos que ir a Guadalajara y descender 1000 metros». Dos goles brasileños en los últimos 15 minutos decidieron un partido que había estado igualado hasta ese momento.
El encuentro europeo entre Italia y Alemania Occidental dio como resultado un encuentro considerado por muchos como uno de los mejores partidos de la Copa Mundial de todos los tiempos. “Esto ha sido una locura”, arrancaba la crónica de Mundo Deportivo del 18 de junio de 1970. A los 7 minutos, Roberto Boninsegna abrió el marcador para que Italia tuviera el partido donde quería, donde más cómoda se sentía. Tocaba cerrar filas, tranquilizarse y surtir de balones a Mazzola para que ordenara rápidos ataques conectando con Riva y Boninsegna; a ver qué rascaban los de arriba. La “Azzurra” tenía como estilo de juego nacional el “Catenaccio” (cerrojo en italiano), que en los años 60 se popularizó en el país por el italiano Nereo Rocco y el argentino Helenio Herrera. A partir de la posguerra y la tragedia de Superga (el accidente aéreo que acabó con el equipo conocido como “Il Grande Torino” y con gran base de la “Azzurra”), entre finales de los 40 y los 50, el “Catenaccio” no nace como una simple táctica de fútbol, sino como una filosofía que refleja la identidad cultural, la historia y la mentalidad del país transalpino de esta época: “ganar como sea” utilizando la inteligencia estratégica y el pragmatismo italiano ante la falta de fuerza física de los italianos, astucia y supervivencia que permitió a los equipos con menos recursos competir y ganar a potencias europeas superiores técnicamente, ejerciendo “el derecho de los débiles”, fomentando un sentimiento de orgullo nacional a través de la disciplina defensiva y el contraataque. La innovación clave del “Catenaccio” fue la introducción de la función del líbero, un jugador que se colocaba detrás de una línea de tres defensores, teniendo como función recuperar balones sueltos, anular al delantero centro rival y ejercer de doble marca cuando fuese necesario, haciendo que la formación habitual fuera una 5-3-2, y siendo más precisos y destacando la posición del líbero, sería una 1-4-3-2.
Mientras Italia gestionaba los tiempos, Alemania Federal ponía más empuje que cabeza, más empeño que precisión. La Vanguardia, destacando “un emocionante encuentro” en el titular, apuntó en sus páginas que, tras el gol de la ‘Azzurra’, “reaccionaron los alemanes, pero éstos siempre fueron contenidos por los italianos, que no obstante no pudieron impedir las infiltraciones da los germanos, que provocaron momentos de peligro para la meta italiana, malográndose los intentos de Muller, Schultz, Overatlv y Grabowski. Los italianos persistieron en sus contraataques, pero tampoco tuvieron efectividad los tiros de Mazzola y Riva, que fue el más insistente, terminando el primer tiempo con un solitario gol italiano en el marcador”. Sin embargo, en la segunda parte, la crónica del ABC señalaba lo siguiente: “Italia jugó mejor que Alemania en la primera parte, pero estuvo totalmente dominada y aplastada en la segunda, donde lució a plenitud el tremendo impulso germano, en un juego de presión milagrosamente sostenido por la escuadra azul. Fallaron los delanteros alemanes ocasiones de gol, como ocurre en las ofensivas apasionadas, llevadas más con el corazón que con la cabeza”. El partido iba muriéndose lentamente, con la astucia italiana rematándolo entre pérdidas de tiempo y pillería, hasta que un centro de Grabowski al término del tiempo reglamentario encontró al líbero Karl-Heinz Schnellinger, que apareció al borde del área pequeña y marcó a bocajarro para resucitar un encuentro vibrante y a una selección que ya estaba cogiendo los billetes de vuelta a Berlín, marcando así su único gol internacional en su carrera.
Al partido le quedaban 30 minutos más de vida, haciendo que italianos y germanos, lejos de ser cautelosos, sacaron fuerzas de donde no las había para regalarle al fútbol una de las mejores prórrogas, si no la mejor, que el fútbol haya presenciado nunca. El partido se volvió loquísimo, tan loco como ver a Beckenbauer jugando con un cabestrillo después de dislocarse el hombro y haberse agotado los dos cambios permitidos entonces. Y, en esas, a los cuatro minutos de juego, tras un córner, un malentendido entre Albertosi y Poletti propició el gol de un Müller que no desaprovechó el error rival para poner en ventaja a los suyos. Y aquello fue solo el principio. Cuatro minutos después, Italia le devolvía el golpe a los teutones con una jugada ensayada botada por Rivera y ejecutada por Burgnich. El 2-2 duraría poco porque a falta de un solo minuto para concluir el primer tiempo de la prórroga, la ‘Azzurra’ aprovechó un nefasto saque de falta alemán y lo convirtió en un contraataque de libro. De Sisti profundizó por banda y jugó al centro para Riva, que, previo control hacia dentro y recorte hacia fuera, cruzó un balón imposible para Maier.
Y si el primer cuarto de hora del tiempo extra fue movido, el segundo no se quedó corto. Cuando solo habían transcurrido 5 minutos, un saque de esquina alemán en corto se acabó convirtiendo en un envío largo al segundo palo. Ahí emergió Held. Se hizo grande en el aire, voló por encima de toda Italia y puso el balón de vuelta en el corazón del área. Por ahí rondaba Gerd Müller y en esas situaciones un cazagoles como el ‘Torpedo’ nunca perdona. La alegría del 3-3, por eso, le duraría poco a los alemanes. Pues Italia tardó apenas un minuto en volver a ponerse por delante en el marcador. Boninsegna, incansable, se zafó del rival por la banda, dibujó un pase de la muerte y Rivera engañó a Sepp Maier en el golpeo buscando el primer palo. Quedaban menos de 10 minutos para concluir el partido y, esta vez sí, Italia no dejaría escapar la oportunidad de plantarse, 32 años después, en una final de la Copa del Mundo. Acabó el encuentro siendo la Italia experimentada y astuta de siempre; sin permitir que la Alemania de toda la vida, la que siempre gana, viera la luz.
Al día siguiente, el Mundo Deportivo honró a una Alemania Federal combativa hasta el último suspiro de la siguiente manera: “Alemania ha caído, pero hay que rendir ante todo honor a la enorme combatividad de los alemanes, un equipo que lleva el fútbol a un plano atlético tan fantástico que parece ser otro deporte”. El ABC, sin embargo, destacaba que los italianos “hacen aquello que quieren hacer conforme a la necesidad del momento” y cerraba su crónica sentenciando que aquella fue “una semifinal realmente extraordinaria, que entra por derecho en la historia del fútbol mundial”. Gianni Rivera, autor del gol definitivo para la “Azzurra”, comentó para la televisión italiana al finalizar el choque: “Fue un carrusel de emociones. No teníamos tiempo para pensar, solo para atacar y responder”. Mientras tanto, el técnico alemán Helmut Schön manifestó en rueda de prensa: “Nadie olvidará este partido. Mis jugadores lo dieron todo hasta el límite físico”.
La semifinal disputada en el Estadio Azteca el 17 de junio de 1970 es catalogada por la historiografía deportiva como el encuentro más emocionante del siglo XX, pasando a conocerse como el “Partido del Siglo”, y que hoy cuenta con una placa en el exterior del propio Estadio Azteca para conmemorarlo. Tras este partido para la historia, Alemania Occidental derrotó a Uruguay por 1-0 en el partido por el tercer puesto, e Italia fue derrotada por 4-1 ante Brasil, logrando así su tercer título mundial que les otorgó el derecho a conservar permanentemente el Trofeo Jules Rimet debido a una estipulación de la FIFA establecida en 1930, la cual dictaba que la primera selección nacional en ganar el Mundial tres veces recibiría el trofeo original a perpetuidad. Aquel encuentro ante Italia, además, sirvió para que Pelé se consagrara como el único futbolista con tres Mundiales en su haber.
Citas extrseidas de: Jorge Giner. (17/06/2020). Italia, Alemania y el partido del siglo. Panenka