Marie-Louis Eta y el muro que divide al fútbol

Alemania, 1991. Dos años después de la caída del muro que separó Oriente y Occidente, nace una niña que derribará balonazos el descomunal paredón con el que el fútbol de hombres somete y silencia al de mujeres

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del fútbol femenino. Casi 180 años después de que Marx y Engels descifraran el miedo en el iris tembloroso de las súper potencias capitalistas del viejo contiente, un batallón de jugadoras han elevado el nivel del balompié practicado por mujeres hasta cotas impensables, agregando calidad, conocimientos y frescura al ejecutado por hombres. Con un sesgo marcadamente machista y un vademécum pensado solo por y para el cuerpo masculino, las mujeres han tirado de la misma brujería que quiso abrasarlas en hogueras medievales para descombrar camino y construir una hoja de ruta sin ayuda, permiso ni perdón. Juntas, han colonizado vedados de caza en los que el fango solía succionar su alma. Ahora, el terreno es más sólido, pero aún queda mucho por cementar y una obrera germana viene de echar una generosa capa de mortero. Marie-Louis Eta, ex jugadora y entrenadora alemana de fútbol, se convertía, el pasado 11 de abril, en la principal responsable del Union Berlin, siendo la primera mujer en dirigir un equipo masculino de las cinco principales ligas europeas: Alemania, España, Francia, Inglaterra e Italia. Demasiado tarde pero siempre a tiempo.

El fútbol femenino es un fantasma que recorre Europa porque nace con la globalización y su matriz, no dista mucho del capitalismo. Stefan Zweig bautiza como uno de los momentos estelares de la humanidad a ese hito de las telecomunicaciones que fue el tendido del primer cable telegráfico transatlántico. Como los virus modernos, el fútbol se expandió en barco. Desde esa isla donde pusieron un balón en el suelo para darle patadas y en la que Ebenezer Cobb Morley dictó sus primeras reglas hasta los confines del orbe. Aquí en España llegó con los mineros. En 1873 los ingleses llegan a las minas onubenses de Río Tinto, y con ellos traen el fútbol. Pero solo para caballeros. Son más de 150 años en los que las mujeres han estado prácticamente invisibilizadas. Con la arribada del capitalismo, la división sexual del trabajo ratifica al hombre en una esfera pública, social, y a la mujer en una esfera privada, doméstica que se oponen con arreglo a sus valores: “el hombre económico es racional; por consiguiente, la mujer romántica es intuitiva, emocional” (Ehrenreich y English). Es la base del esencialismo de la Ilustración fundamentado que otorga competitividad, fuerza y éxito a los hombres, mientras sus esposas barren la cocina. En esta división el deporte también juega un papel segregador.

En los 12 siglos que van del inicio a de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad hasta su prohibición por el emperador Teodosio, las mujeres estaban vetadas en el estadio y las que osaban contravenir la norma eran despeñadas desde el monte Tipeo. Solo podían penetrar la barrera heteropatriarcal doncellas, prostitutas o poderosas, las únicas que tenían algo que ofrecer -hijos, placer o dinero- a los campeones. Con la modernidad el panorama mejoró, pero lánguidamente. Al menos ya no se les arrojaba monte abajo. En Atenas 1896 no hubo mujeres. En París 1900, una minúscula representación del 2%, pero solo en deportes como tenis, vela, cricket, equitación y golf, disciplinas que se creían acordes con su naturaleza femenina. Qué podíamos esperar si el barón Pierre de Coubertin, principal impulsor del evento, era un redomado misógino que creía que la participación femenina era “poco interesante, antiestética e inapropiada”. También le unía cierta amistad con Adolf Hitler con quien se intercambiaba correspondencia. No es de extrañar pues el Führer presumía de su política de las tres K -Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia)- aplicada a las alemanas del Tercer Reich: “el mundo de las mujeres es su esposo, su familia, sus hijos y su hogar”. Su camarada Franco ejecutaba al unísono. El deporte en España estaba encomendado a la Sección Femenina, liderada por Pilar Primo de Rivera, hija de un dictador y hermana del fundador de la Falange. Con argumentos supuestamente científicos solo se dejaba a las mujeres practicar deportes que favoreciesen su delicadeza, gracilidad, armonía y belleza. Tan solo el tenis, la natación o el voleibol.

¿Quién en su sano juicio podría pensar en el fútbol femenino con este panorama? Pues las hubo. En los albores del siglo XX una andaluza y una gallega pusieron patas arriba el retrógrado estatus balompédico. La malagueña Nita Carmona, hija de un estibador, se vendaba los pechos y escondía su coleta para poder jugar con los hombres llegando a ser arrestada por alterar el orden público. La coruñesa Irene González, esquivó los garrotazos con los que su padre intentaba sacarla de los campos para acabar fundando su propio equipo al que puso su nombre. Las dos fallecieron demasiado pronto pero dejaron un legado imborrable de épica y heroicidad sobre el que las muchachas de hoy escriben su historia.

La estructura de género, profundamente arraigada en la sociedad, sigue dividiendo al mundo y solo ha podido ser mínimamente doblegada por las pertinaces vindicaciones de las mujeres. También en el deporte. Todas y cada una de las misivas enviadas por nuestras jugadoras, así como las de las norteamericanas, noruegas, francesas, chilenas o canadienses han ido rasguñando terreno y restituyendo derechos injustamente retraídos en aras de la igualdad.

La sociedad marca de forma tan clara las representaciones y los roles de género que parece difícil escapar de ello -“las niñas saltan a la comba” y “los niños son buenos al fútbol”- (Giddens y Sutton), pero por suerte cada vez hay más jóvenes que practican género de modo diferente: más niños que saltan a la comba y más niñas que son buenas al fútbol. El quid llega a la hora de asumir roles de liderazgo -directivas o entrenadoras-, en diversas organizaciones como las deportivas, formadas históricamente por y para los hombres, ya que las mujeres se encuentran ante una trampa social. Montse Martín, Susanna Soler y Anna Vilanova lo exponen de modo brillante en uno de los mejores manuales sobre la cuestión, ‘Sociología del Deporte’: “o bien corren el riesgo de no ser identificadas y reconocidas como líderes si no adoptan formas de hacer y ser propias de los hombres o bien corren el riesgo de ser consideradas poco femeninas si las adoptan”.

Marie-Louis Eta ha encontrado una falla en el sistema. Una grieta por la que penetra luz. Es el conocido como ‘precipicio de cristal’. Las mujeres tienden a acceder a esos cargos de liderazgo cuando la organización se encuentra en un momento de crisis, desprestigio o en situaciones poco deseables para asumir la dirección. El Rayo Vallecano, tan de moda, es un ejemplo de ello en su gestión de los 90. Ruiz Mateos colocó a sus seis hijos varones como responsables del conglomerado Nueva Rumasa, excluyendo de esos puestos a sus siete hijas mujeres. Ahora bien, cuando vinieron mal dadas, colocó a su mujer, Teresa Rivero como presidenta del Rayo en una estrategia para limpiar la imagen del holding empresarial. Una situación similar a la que llevó a Montse Tomé al banquillo de la selección española tras el terremoto originado por el infame caso Rubiales.

Marie-Louis, de apellido paterno Baeghorn, nació en Dresde, cinco años antes de que su paisano Mathias Sammer recibiese el Balón de Oro. A los seis años comenzó a chutar y su progresión fue meteórica hasta que, a los 20, llegó a la Bundesliga femenina: Turbine Postdam, Hamburgo, Cloppenburg y Werder Bremen, logrando con el primero tres ligas, dos copas y la sacrosanta Champions de 2010. Se retiró en 2018 con apenas 26 años y habiendo contraído matrimonio con el ex futbolista Benjamin Eta. Como todocampista, destacaba por su enorme rigor técnico y su disciplina posicional. Entendía a la perfección la pizarra y su paso a los banquillos no se hizo esperar. Alternó las categorías inferiores de su último club, el Bremen, con las de la selección germana, acumulando sonoros éxitos y en 2023 pulverizó su primer techo: se convertía en la primera mujer en desempeñar el cargo de segunda entrenadora de un equipo masculino de la Bundesliga y también de la Champions, asistiendo a Marco Grote en el Union Berlin. Un año después subió otro ochomil, al ser la primera mujer en dirigir a un equipo masculino, sustituyendo de forma interina al sancionado Nenad Bjelica, pero su cénit apuntaba al firmamento.

El 11 de abril de 2026 el Union Berlin anuncia la destitución de su entrenador Steffen Baumgart tras la derrota frente al Heidenheim por 3-1, con un paupérrimo bagaje de dos victorias en 14 partidos y dejando a los berlineses al borde del descenso. La decisión sacude los cimientos de toda Europa. Marie-Louis Eta es la escogida para la vacante, no de forma temporal, sino con plena potestad, asumiendo todo el peso del área técnica. Nunca antes una mujer había dirigido a un club masculino en ninguna de las cinco ligas más importantes de Europa. Es historia.

Restaban tan solo cinco jornadas de la Bundesliga y el reto no empezó bien para Eta. El Union Berlin perdió en casa ante el Wolfsburgo (1-2) y sucumbió a domicilio contra el Leipzig (3-1). Pero puede que una de esas cualidades femeninas que tanto se jalean desde la Ilustración como la paciencia y la planificación, tengan buen asidero en el fútbol de hombres. Eta continuó fiel a su bitácora y los resultados llegaron en los últimos tres partidos de liga. Empate en casa con el Colonia (2-2), victoria como visitante en Mainz (1-3) y un festival doméstico para ponerle la guinda (4-0) ante el Augsburgo. Eta no sólo era la primera mujer que ganaba un partido en una destacada liga europea masculina, sino que igualaba la mejor racha de victorias del Union en toda la temporada, sumaba 7 puntos de una tacada y conseguía el ansiado objetivo de la salvación: el motivo por el que fue sentada en un sillón que nunca le había correspondido a las mujeres.

El muro derribado por Eta es tan importante como el que cayó en 1989. Porque acerca dos mundos tan opuestos como complementarios. RFA y RDA. Capitalismo y comunismo. Fútbol de hombres y fútbol de mujeres.

Chicos y chicas comparten las reglas, pero ni de lejos las mismas realidades físicas, hormonales, sociales, competitivas ni estructurales. Jugadoras y entrenadoras llevan años abriéndose camino sin una guía real, ajustada a sus capacidades, a sus necesidades y a las particularidades de su rendimiento. Han tenido que adaptarse a un traje que les venía grande, sin un patrón que contemple sus medidas. En medio del desierto aparecen oasis como el proporcionado por el modelo de Estados Unidos, pionero al integrar —ya en una cita como el Mundial de Francia de 2019— decisiones técnico-tácticas que tenían en cuenta el ciclo menstrual de las jugadoras. No es un detalle ni una moda: es entender de una vez que la excelencia femenina no se alcanza calcando metodologías masculinas, sino diseñando entornos que respondan a su propia realidad.

Lo de Eta no es una operación de marketing, es una nueva frontera ganada a pulso por las mujeres en un mundo en el que ni tienen cabida ni se les ha dejado entrar. Que una mujer cruce la puerta de un vestuario masculino y no viceversa, obliga al fútbol a hacerse preguntas que llevaba demasiado tiempo esquivando: quién puede liderar, cómo se forma el talento, desde dónde se construye el rendimiento. No hay ninguna duda de que es el primer paso para alcanzar el despegue definitivo del futfem. Porque sin nada lo han conseguido todo, que podrán hacer con las mismas herramientas.

El fulgor del titular puede cegarnos momentáneamente. El hito no puede tapar todo lo que falta por hacer: más investigación, más entrenadoras en la élite, más directoras deportivas, más inversión y menos prejuicios disfrazados de exigencia profesional. Sin ir más lejos, hace escasos días el Union Berlin anunciaba el fichaje de Mauro Lustrinelli, proveniente del Thun suizo, como entrenador del primer equipo, por lo que Eta regresa a la dirección del conjunto femenino pese haber logrado, con creces, el objetivo encomendado de la salvación de los chicos.

Sea como fuere, la puerta ya está abierta. Y tan solo queda seguirla empujando hasta que cedan las bisagras. Hasta que de descascarillen los marcos.

En mi estudio ‘Efecto Pigmalión, mujer y deporte’, reconocido con el Premio Elisa Pérez Vera 2025 y en el que analizo el abandono del deporte femenino a través de las opiniones y las expectativas que la sociedad pone en ellas, se extrae que sólo el 60% de las deportistas que abandonan no creen que el hecho de ser mujer haya sido determinante en su renuncia. Un porcentaje que baja hasta el 25% en deportes colectivos y que prácticamente desaparece en el fútbol, porque a muchas futbolistas, hoy día y con esta sociedad anacrónica, les pesa ser mujer.

En un estudio de 2024 del Observatori Català de l’Esport del Institut Nacional d’Educació Física de Catalunya (INEFC) se cifra en un abominable 70% el abandono de las adolescentes que hacen deporte por tres lacerantes ausencias: apoyo, perspectivas y referentes. Alexia Putellas y Aitana Bonmatí reducen en muchos puntos el tercer motivo, como espejos en los que las futbolistas se reflejan.

Gracias a Marie-Louis Eta, las que quieran ser entrenadoras, también tienen ahora hacia donde dirigir la mirada.