«Paz y amor». La Romareda, 1995

—¿Qué crees que haremos esta noche?

—Yo creo que vamos a ganar. No están en su mejor momento y al Brujas le remontaron de potra.

Era jueves, 6 de abril de 1995. Conversaciones como esta se escuchaban a la puerta de un colegio, durante el café en cualquier trabajo o en el mercado de cualquier barrio zaragozano.

En el aeropuerto de la ciudad llegaban los últimos pasajeros procedentes de Londres, mientras otros completaban sus trayectos por carretera, viajes que terminarían reuniendo a cerca de dos mil londinenses en una ciudad del norte de España.

Una visita bajo sospecha

Pero la expedición londinense no llegaba libre de antecedentes. El Chelsea regresaba aquella temporada a Europa después de veintitrés años de ausencia y sus desplazamientos habían reavivado el temor al hooliganismo inglés. Apenas cinco semanas antes, su visita a Brujas había terminado con cientos de seguidores detenidos, retenidos y deportados en una controvertida operación policial. El Chelsea arrastraba, además, otro expediente por los disturbios ocurridos meses atrás durante su encuentro frente al Millwall, en el que los enfrentamientos entre aficionados dejaron numerosos detenidos y heridos por golpes, contusiones y cortes.

A mediodía, la Policía Nacional interceptó en la A-2, una de las principales vías de acceso a Zaragoza, una furgoneta en la que viajaban trece personas identificadas como cabecillas de Combat 18, un grupo neonazi británico relacionado con el sector más violento del movimiento hooligan.

En el centro de la ciudad, otros seis ciudadanos británicos fueron detenidos después de provocar incidentes en un autobús urbano y agredir a varios de sus ocupantes. Horas más tarde, a las puertas del estadio, el fútbol todavía no había comenzado, pero la tarde ya había dejado sus primeros altercados.

Aficionados 'blues' en los aledaños del Municipal.

Dos equipos, dos estados de ánimo

Sobre el césped, el Chelsea atravesaba horas bajas: llegaba acumulando cuatro jornadas consecutivas sin ganar frente a Leeds, Blackburn Rovers, Queens Park Rangers y Newcastle. Desde su regreso, Europa estaba siendo su refugio, después de haber alcanzado las semifinales tras remontar en cuartos frente al Brujas belga.

Quien también venía de remontar en Europa era el Real Zaragoza, que, después de haber sido derrotado en Róterdam frente al Feyenoord, venció por 2-0 en La Romareda, sacando su billete para las semifinales. Sin embargo, las sensaciones entre los dos equipos eran distintas: los de Víctor Fernández encadenaban cuatro victorias consecutivas como locales, ocho goles a favor y ninguno en contra, y llegaban de golear al Betis cinco días antes.

La última noche europea

Iba a ser la última noche de La Romareda en Europa durante aquella temporada. Conforme el reloj se acercaba a las 21:45, la ciudad se vaciaba en la misma proporción en que el estadio se llenaba.

Por la megafonía, la voz inconfundible de Arturo Sisó comenzaba a desgranar el 11 de gala de un jovencísimo Víctor Fernández con 34 años, traje y corbata.

¿Sabrías decirlo de memoria? Juanmi; Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Poyet, Aragón, Nayim; Pardeza, Higuera y Esnáider.

Desde antes de que comenzara el encuentro, los tambores y los cánticos habían acompañado el despliegue de un gran tifo con el que la afición recibió al equipo. En uno de los fondos, los seguidores del Chelsea ocupaban un sector dividido en dos alturas, sometido a una estrecha vigilancia policial.

Apenas habían transcurrido ocho minutos cuando Pardeza recogió un balón dentro del área y superó a Kevin Hitchcock. El primer gol liberó toda la tensión acumulada durante el día y convirtió el murmullo de La Romareda en un rugido de león. El Chelsea todavía trataba de asimilar el golpe cuando, en el minuto 26, Esnáider apareció para marcar el segundo. El Zaragoza se marchaba al descanso con un 2-0 y la sensación de que aquella noche podía ser todavía más grande.

La grada empujaba y el equipo respondía. En el minuto 57, Esnáider volvió a encontrar la portería para firmar el 3-0. Mientras La Romareda celebraba el tanto que acercaba al equipo a París, la frustración estallaba en la zona reservada a los aficionados ingleses.

Nacimiento de la leyenda

Una minoría de seguidores del Chelsea comenzó a arrancar y lanzar los asientos de plástico del graderío inferior. La policía intervino y realizó dos cargas dentro del estadio. En pocos minutos, uno de los fondos se convirtió en un intercambio de sillas, golpes y porrazos que dejó heridos, detenidos y alrededor de medio centenar de asientos destrozados.

Nunca llegó a esclarecerse por completo quién encendió la mecha. La versión policial sostuvo que los agentes actuaron después de que los ingleses reaccionaran violentamente al tercer gol. Algunos aficionados del Chelsea ofrecieron posteriormente el relato contrario: aseguraron que la primera carga se produjo sin motivo aparente y que el lanzamiento de asientos comenzó como respuesta. Lo único indiscutible es que una parte del fondo vivía un partido muy distinto al del resto de La Romareda.

Desde la grada zaragocista comenzó entonces a extenderse el famoso cántico popularizado dos años antes por Carlos Bilardo durante su etapa en el Sevilla y dirigido ahora hacia la carga policial:

—¡Písalo, písalo!

El cierzo ejerciendo de mal traductor para la hinchada londinense, según cuenta la leyenda, algunos aficionados ingleses interpretaron aquel «písalo» como un conciliador «peace and love». La Romareda, como si fuera el quinto Beatle, parecía reclamar paz y amor en mitad de una batalla de asientos y porrazos.

Mientras los altercados se apagaban en el fondo visitante, otro cántico comenzó a adueñarse del estadio:

—¡Sí, sí, sí, nos vamos a París!

Todavía quedaba la vuelta en Stamford Bridge, pero el 3-0 permitía a los zaragozanos sentirse finalistas. La Romareda despidió al equipo celebrando una de sus grandes noches europeas, mientras el sector ocupado por los seguidores del Chelsea conservaba las huellas de la batalla: alrededor de medio centenar de asientos destrozados, varios heridos y seis aficionados británicos detenidos en el interior del estadio.

Mito o realidad

Al día siguiente, la violencia de una minoría volvió a ocupar las páginas de la prensa inglesa. También hubo críticas hacia la actuación de la policía española y versiones enfrentadas sobre el origen de los disturbios. Sin embargo, entre aquellas crónicas no aparece rastro alguno de una afición londinense conmovida por un mensaje de concordia procedente de La Romareda.

No existe constancia de que los seguidores del Chelsea confundieran realmente el «písalo» con «peace and love», ni de que aquel supuesto llamamiento detuviera los enfrentamientos. La historia sobrevivió sin necesidad de pruebas y, repetida durante años, terminó convirtiéndose en una de esas leyendas que el fútbol conserva porque son demasiado buenas para dejarlas escapar.

Quizá el cierzo nunca tradujo nada. Quizá los ingleses jamás escucharon a los maños pedir paz y amor. Pero, desde aquella noche, cada vez que alguien recuerda los asientos volando sobre uno de los fondos de La Romareda, vuelve a escuchar, entre el ruido de los golpes y los porrazos, aquel imposible «peace and love».

Y tú, ¿estuviste ahí? ¿Cómo lo recuerdas? Y, si no estuviste, ¿cómo te lo han contado? ¿Mito o realidad?