No empezó en un pabellón ni con un balón rodando. Empezó en un aeropuerto.
Empezó con abrazos, presentaciones y la conciencia clara de que lo que teníamos por delante no era un simple viaje. Éramos ocho personas en un primer grupo, algunas desconocidas hasta ese momento, pero con algo en común: íbamos a embarcarnos en una expedición de veinte días para acompañar a la selección española en el primer Mundial de Fútbol Sala Femenino de la historia.
Familiares, parejas, amigas, hijas. Historias distintas que se cruzaban en un mismo punto de partida. Y, sin darnos cuenta, ya estábamos compartiendo nervios, ilusión y una certeza: nos íbamos a ir muy lejos.
El viaje fue largo, pesado, con escalas eternas y cuerpos agotados. Beijing se convirtió en una sala de espera interminable y un jarro de agua fría, por las malas noticias de la baja de dos de nuestras jugadoras por lesión… antes de llegar por fin a Manila. Dormir, recomponerse… y entonces sí: empezaba lo que llevábamos meses imaginando.
El Mundial había arrancado el día 21 de noviembre, pero España debutaba el 22. Y nosotras decidimos que no queríamos esperar a verlas dentro del pabellón. Queríamos estar antes. Queríamos que supieran que ya estábamos allí.
Fuimos al recibimiento del autobús sin que nadie nos esperase. Ellas aún no nos habían visto en persona, solo sabían que habíamos viajado hasta Filipinas. Cuando el autobús llegó y vimos sus caras tras el cristal, todo cobró sentido. Saltamos, gritamos, sonreímos. Nos reconocimos. Fue un reencuentro breve, separado por una ventana, pero cargado de significado. Después de tanto tiempo, volver a vernos, aunque fuera así, fue profundamente emocionante.
El primer partido se vivió tranquilo. Pero lo realmente inolvidable llegó después. Al terminar, las jugadoras estaban pletóricas. Se reencontraron con sus familias, nos dejaron abrazarlas, compartir ese primer paso dado en un Mundial histórico. Yo, durante todo el viaje, asumí casi sin darme cuenta un papel muy concreto: intentar quedarme con todos los recuerdos posibles. No tenía familiares directos en pista, pero sí muchas amigas. Y, sobre todo, tenía el deseo de capturarlo todo, de crear contenido, de guardar memoria.
El torneo fue avanzando y España fue creciendo. Los partidos de grupo, los cuartos contra Marruecos ,un rival al que ya conocíamos de amistosos, todo parecía encarrilado. Y cada día, antes de cada partido, repetíamos un ritual: el recibimiento.
Nunca fue igual. Un día corazones, otro banderas, otro pitos y trompetas, otro improvisación absoluta. A veces ni camisetas a juego. Pero siempre con la intención de que ellas sintieran que estábamos ahí, que cada detalle contaba, que alguien había pensado en cómo sorprenderlas. Pequeñas cosas que, juntas, construyen algo grande.
Y entonces llegó la semifinal. Brasil. La gran favorita. La final anticipada.
Sabíamos lo que significaba ese partido. Sabíamos que quien lo ganase tenía medio Mundial en el bolsillo. Y nos preguntamos: ¿qué más podemos hacer como aficionados, como familias, como apoyo real?
Decidimos cambiar el plan. En lugar de ir al pabellón, fuimos al hotel. Nos coordinamos con el staff de la selección y nos juntamos unas 40 o 50 personas. Les hicimos un pasillo hasta el autobús, cantando, animando, empujando con la voz y el corazón. No se lo esperaban. Fue desbordante. Algo inolvidable.
Yo me sentí parte activa de algo importante. Artífice, aunque fuera en una pequeña medida, de que ese momento existiera. Y eso me hizo sentir increíble.
Dentro del estadio, durante el himno, desplegamos un tifo: la bandera de España hecha con cartulinas y un “Vamos España” en blanco. Otra sorpresa. Otro nudo en la garganta. Todo fue vivido con una intensidad absoluta. He repetido muchas veces la palabra “emotivo”, pero es que no hay otra. Estuve presente de verdad. En cada gesto, en cada decisión, en cada imagen capturada.
La derrota contra Brasil fue dura. Muy dura. Porque dolía el resultado, pero también porque sabíamos lo que significaba: no lucharíamos por el oro. Y aunque nadie lo dijera en voz alta, todas lo queríamos.
Pero aquí pasó algo que merece ser contado. España se levantó. A los dos días había otra final: la del tercer y cuarto puesto. Y la actitud fue ejemplar. Lejos de venirse abajo, el grupo respondió con madurez, orgullo y hambre. Contra Argentina, el partido salió bien. Muy bien. Y conseguimos un bronce histórico.
Un bronce en el primer Mundial de Fútbol Sala Femenino.
Treinta y seis años esperando este momento.
Y casi sin darnos cuenta, veinte días se habían pasado volando. Veinte días de convivencia con familias, amigos, personas que llegaron de todas partes. De hacer buenas migas. De viajar entre islas, bucear, descubrir Filipinas. De vivirlo todo.
Es un viaje irrepetible. Una vez en la vida. No solo por el lugar, sino por lo que representó. Porque fue el primer Mundial. Porque estuvimos allí. Porque fuimos parte.
Me siento profundamente afortunada. Agradecida a la vida por haber podido estar, por haber viajado tan lejos, por haber vivido esto como aficionada y como creadora de contenido. Por poder ahora escribir sobre ello desde la memoria y la emoción.
Habrá más campeonatos. Estoy segura de que España levantará una Copa del Mundo algún día. Pero este tercer puesto merece ser celebrado, recordado y contado. Porque hay momentos que no se miden solo en títulos, sino en todo lo que se construye alrededor.
Y este Mundial, vivido desde dentro, fue uno de ellos.