Una brecha que cambió el fútbol para siempre

La regla cinco de la FIFA es muy clara. Ningún jugador que tenga prendas manchadas en sangre o brechas abiertas en su cuerpo puede permanecer en el terreno de juego. Tan clara como era la camiseta de Terry Butcher en el túnel de vestuarios de aquel partido ante Suecia en el que, sin saberlo, su valentía y su amor por los Three Lions cambiarían las normas del balompié para siempre.

Terry era central y capitán de una selección inglesa que buscaba la redención después de cuajar unos años muy malos, con una Eurocopa, la del 2008, en la que cayó con pleno de derrotas. Un seis de septiembre del 1989, la antepenúltima fecha de la fase de clasificación para el Mundial del 90 enfrentaba a los dos colosos del grupo 2, Suecia e Inglaterra. Solo la primera de cada grupo tenía la clasificación asegurada.

El balón rodaba por el césped en los primeros compases del encuentro y la intensidad quedaba patente. Pero hubo una jugada que, por mucho que fuera intrascendente en el partido, no lo fue así en la historia del fútbol. Balón al aire hacia territorio inglés y un Butcher que, con los dientes largos y haciendo honor a su apellido, se tiró con todo para mandar el esférico lejos de sus dominios. No contaba con Ekström, que también saltó. Cabezazo del inglés en la nuca del diez sueco y una brecha en la gran frente del central.

Butcher era el más veterano de la defensa. ¿Habría que cambiarlo? Muchos aficionados dudaron, pero no lo hizo Terry, que volvió al campo con un aparatoso vendaje. Balón por alto, cabezazo del central, que no tenía miedo a volver a impactar con su testa en el esférico. Pero con cada golpe y cada roce, la brecha ganaba centímetros y la camiseta del capitán empezaba a parecerse más a una segunda equipación. Noventa minutos chorreando sangre dan para mucho.

El partido acabó con empate a cero y más tarde Inglaterra se clasificaría para el Mundial del 90 como una de las mejores segundas. También en ese año en el que Italia fue anfitriona y Alemania Federal se hizo con su tercera copa del mundo, se impuso la Regla 5 de la FIFA, que se acordaba de Terry Butcher y prohibía lucir camisetas ensangrentadas, una moda que duró poco, pero que encumbró la figura de un defensa rudo y peleón al que no le paraban ni la sangre, ni seguramente la propia FIFA.