Mucho antes de convertirse en la temida pentacampeona. Brasil sufrió una de las derrotas más recordadas y con más mística de la historia del fútbol, cuando todavía no llevaba ninguna estrella cosida sobre el escudo de su camiseta. La derrota del ‘Maracanazo’ contra Uruguay en la final del Mundial de 1950 cambió muchas cosas en el fútbol ‘brazuca’. Pero la principal fue el color de la camiseta local de la selección.
Los goles de Pepe Schiaffino y Alcides Edgardo Ghiggia tiñeron de luto a toda una nación, que abarrrotó el Estadio de Maracaná en el que todo estaba preparado para ver a Brasil levantar al fin por primera vez el Trofeo Jules Rimet. Se dice que ni siquiera la banda de música se sabía los acordes del himno uruguayo y que el propio Rimet acabó otorgándole el trofeo de la Copa del Mundo a los ganadores, prácticamente a escondidas y de una forma un tanto desorganizada.
La famosa ‘mufa’ de la que tanto se habla en Hispanoamérica se apoderó de todo el país, que señaló, prácticamente al unísono a un elemento para explicar el porqué de aquel fiasco: el blanco de la selección era gafe.
Pasaron tres años de aquello y, bajo el amparo de la Confederación Brasileña de Deportes, el diario Correio da Manhá abrió un concurso para elegir la nueva equipación de la ‘verdeamarela’ y que cualquier persona pudiese mandar su diseño a modo de propuesta, entre las que se eligiría una ganadora.
De entre las 300 que se presentaron, 100 se quedaron fuera y de las 200 restantes, la propuesta ganadora fue la de Aldyr García Schlee. Un brasileño nacido en la frontera con Uruguay y que siempre se declaró, nada más y nada menos que “un fanático del fútbol charrúa”. En su diseño quiso integrar los colores de la bandera brasileña, pero sin incluirlos todos al mismo tiempo en la camiseta.
Así llegó el uniforme de la ‘auriverde’ que todo conocemos. Acabó optando por el amarillo como el tono principal de la elástica, usando el verde para los detalles de cuello y mangas. Los pantalones se quedarían de azul y el blanco, para las medias.
Cuenta Fernando Rapa en la Revista Líbero lo increíble de esta historia. En un artículo relata que, antes de que llegase a su mente el mítico conjunto al que nos ha acostumbrado Brasil, Aldyr elaboró más de cien bocetos. Añade palabras del propio García Schlee sobre su gratificación: “El premio fue un montante de dinero que representaría hoy la compra de un coche popular”. Pero si algo resuena por encima de todo, es cómo vivió este aficionado la noticia 3 años antes de que la –ahora- ‘canarinha’ había sucumbido en Maracaná:
“El día de la final del Maracaná no teníamos televisión, los partidos se seguían por la radio. Recuerdo que sorpresivamente ese día no lo escuché. Estaba en un cine de Río Branco (Uruguay), en una sesión continua de películas, en matinée, vermouth y noche.

La proyección se interrumpió a media tarde y se anunció por altoparlante que la final en Río de Janeiro había terminado con el resultado de Uruguay 2, Brasil 1 y que los uruguayos eran los nuevos campeones del Mundo. Se oyeron, entonces, los acordes del himno nacional de Uruguay. Lloré mucho, pero de manera extraña, al ser brasilero pero apasionado por el fútbol uruguayo, quizás lloré de alegría, quizás de tristeza”.
Como última recompensa, fue el encargado de entregarle las nuevas camisetas al combinado que se marchó a la Copa del Mundo de 1954 en Suiza. El cambio de colorimetría en el uniforme no supuso un éxito instantáneo, porque aquel equipo acabó cediendo ante Hungría en cuartos de final. Sin embargo, a partir de aquella participación en la que el amarillo ‘pagó la novatada’ empezó la leyenda mundialista brasilera. En los cuatro Mundiales siguientes, Brasil ganó tres, con su mejor generación de futbolistas a la que lideraba un tal Edson Arantes Do Nascimento, “Pelé”.

Así, de una herida colectiva nació uno de los símbolos más reconocibles del deporte mundial. La camiseta amarilla dejó de ser solo una elección estética para convertirse en un acto de reconstrucción emocional, en una manera de dejar atrás el fantasma del pasado sin olvidarlo del todo. Brasil no solo cambió de colores: cambió su narrativa, transformando la tragedia del Maracanazo en el punto de partida de una identidad futbolística que acabaría conquistando el planeta.
Con el paso de los años, aquella decisión impulsada por un concurso popular terminó siendo mucho más que un simple rediseño. Fue el primer paso hacia la leyenda de la ‘canarinha’, un recordatorio de que incluso las derrotas más dolorosas pueden dar forma a los mayores éxitos. Porque, en el fondo, cada estrella que hoy luce Brasil en su escudo también lleva consigo la memoria de aquel día en el que todo parecía perdido.