El Tato Abadía y David Vidal. Los golpes en el pecho de Carlos Aimar a sus pupilos… “¡Gol en Las Gaunas!”. Los gloriosos años 90 dejaron las historias en Primera del Albacete, Mérida, Extremadura, Burgos o Salamanca; los últimos años de la Quinta del Buitre, el Dream Team de Johan Cruyff, el doblete del Atlético de Madrid y el Súper Dépor, pero pocos equipos -o ninguno- fueron más icónicos que aquel Logroñés.
Fue el primer y único equipo riojano hasta la fecha en jugar en Primera División. Debutó en la temporada 1987-1988 y se mantuvo ocho años seguidos en la categoría (vivió una novena temporada en Primera en la 96-97).
Un álbum de cromos que inunda de nostalgia al aficionado al fútbol en cuanto se dispone a revisar la hemeroteca. Lopetegui, Tato Abadía, Quique Setién, Oleg Salenko, Anton Polster, Óscar Ruggeri o Manu Sarabia. Jugadores de enorme talento y un bigote —el de Abadía— que sobrevive al paso del tiempo como icono popular del fútbol español.
Ascenso en 1987
El ascenso llegó de la mano de Txutxi Aranguren, quien condujo al equipo riojano a la élite tras una histórica temporada en Segunda División. En 1988, después de sobrevivir al primer año en la categoría de oro del fútbol español, asumió la presidencia de la entidad el empresario vitivinícola Marcos Eguizábal, responsable de la conversión del Logroñés en una sociedad anónima deportiva en 1992.
En lo deportivo, el club rojiblanco logró mantenerse en la división durante sus dos primeras campañas, apoyado en un bloque sólido y en un estadio que pronto se convirtió en uno de los más incómodos del campeonato.

Rápidamente se ganó el cariño del público. Un muro de cemento a escasos metros de la línea de cal, una iluminación imprevisible que llegaba a retrasar comienzos de partidos y un césped que en ocasiones obligaba a practicar allí otro deporte (mentira: eran los de arriba quienes hacían otro deporte; lo que se vivía en Logroño era fútbol en estado puro).
Sobre ese verde, en ocasiones inundado, el periodista Guille Giménez recordaba para Movistar+ cómo los profesionales de la prensa salían del feudo riojano “pringados de agua”. La misma cadena recogió imágenes de Trejo, encargado del riego de Las Gaunas. Sin un sistema automático, este currante empalmaba tuberías para poner esa alfombra a punto —bajo los estándares de David Vidal— antes de un partido de Liga. Una labor artesanal y hecha con cariño por aquellos trabajadores y aquellos futbolistas. Calaron hondo en la gente.
Máximo esplendor
Estuviera en mejor o peor estado, el césped de Las Gaunas acogía a un equipo que competía, y muy bien. En la temporada 1989-1990 el Logroñés casi tocó el cielo. De la mano de José Luis Romero, con un bloque perfectamente trabajado, rocoso atrás y con talento arriba, los riojanos firmaron una campaña memorable. Su fortaleza en casa, sumada a su capacidad para rascar puntos fuera, les permitió soñar con cotas mayores que la simple permanencia.
Tuvieron cerca en la última jornada asaltar los puestos europeos. Sin embargo, la victoria de la Real Sociedad y la derrota del Logroñés truncaron el sueño en el último suspiro. El fútbol, caprichoso, les negó el premio, pero no el reconocimiento; no tocaron el cielo, mas llegaron al alma de cada aficionado del fútbol español.
El Logroñés se asentó en Primera durante los años siguientes, y en ello colaboró el carismático David Vidal. El técnico gallego —ocupó el banquillo entre 1990 y 1992— imprimió carácter a un equipo que nunca se arrugaba, capaz de competir contra cualquiera desde la intensidad y el orden. Su Logroñés era incómodo, difícil de batir y con una personalidad muy definida, lo que permitió al club mantenerse con cierta regularidad en la categoría.
Tras él —y un breve paso de Miguel Ángel Lotina en 1992—, la figura de Carlos Aimar aportó otro matiz. El argentino, más emocional en su forma de entender el juego, conectó rápidamente con el vestuario y la grada. Sus gestos, sus arengas y sus palmadas en el pecho a cada uno de los futbolistas en el túnel de vestuarios —un pelín excesivas pero de bella factura— se convirtieron en seña identitaria del equipo. Bajo su mando, el Logroñés siguió compitiendo con dignidad, manteniendo viva la esencia de un club humilde que no renunciaba a nada.

A pesar de sus limitaciones, la entidad reunió a peloteros de gran nivel, algunos de ellos con recorrido internacional. Julen Lopetegui fue el único que alcanzó a ser internacional absoluto mientras vestía la camiseta riojana, aunque por Las Gaunas también pasaron nombres como Quique Setién, Manu Sarabia o Toni Polster, futbolistas de talento que elevaron el nivel competitivo.
Un triste epílogo
La camiseta rojiblanca brilló entre otras preciosas historias que disfrutó la Primera División de aquellos años, pero se apagó en 1995. El descenso llegó tras varias temporadas coqueteando con la zona baja, en un contexto donde cada año costaba más mantener el nivel competitivo. La pérdida de solidez y la dificultad para renovar el bloque acabaron pasando factura.
A nivel institucional, los problemas económicos comenzaron a aflorar y debilitaron la estructura del club. Aunque el Logroñés logró regresar a Primera en la temporada 1996-1997, aquella vuelta fue efímera. Sin estabilidad ni recursos suficientes, el equipo volvió a descender, iniciando una caída que ya parecía inevitable.

El golpe definitivo llegó con los problemas financieros que arrastró la entidad durante años. La situación se volvió insostenible y el club acabó desapareciendo en 2009 por las deudas acumuladas durante su etapa en la élite. Sin embargo, como ocurre en tantas historias de fútbol modesto, la gente acudió al rescate: la afición impulsó la creación de nuevas entidades que recogieran el testigo, manteniendo vivo el espíritu de aquel Logroñés que, durante casi una década, convirtió Las Gaunas en un lugar donde todo podía pasar. Desde ese año, recoge el testigo la U. D. Logroñés. La historia de un club no está en el año de su fundación, sino en la memoria de la gente. Ahí, el Logroñés cuenta con mucho más de 17 años de historia.
Por ello es que su gente puede darse golpes en el pecho. A la par que Carlos Aimar inundaba de valor a cada uno de sus jugadores con sus sonoras palmadas, cada aficionado logroñés disfrutaba orgulloso del amor con el que esos futbolistas defendían a su equipo. Siempre que recordemos las historias más bonitas del fútbol español, hablaremos del Logroñés y del eterno “¡Gol en Las Gaunas!”, que aún hoy resuena en las gradas de este histórico estadio. Fútbol.