El 21 de septiembre de 2014 Alessandro Florenzi marcó en la segunda jornada de Serie A ante el Cagliari. Un gol que contó con una de las celebraciones más icónicas y emotivas que se recuerdan en el mundo del fútbol y que dejó una imagen de ternura y cariño no antes vista en los estadios del Calcio.
Antes de nada, debo pedir disculpas por dos motivos. El primero de ellos hace referencia a la calidad de las instantáneas que van a acompañar esta historia de devoción familiar. Las fotografías fueron tomadas con teléfonos móviles aquella tarde de 2014 y, por hacer memoria, por aquel entonces la mejor resolución de cámara era la del iPhone 6.
Por otro lado, muchos/as quizás entren aquí por el relato de un gol brillante e inverosímil, que los tiene, como aquel misil desde el centro del campo en el año 2016 que pilló desprevenido a Marc André Ter Stegen. Pero prefiero apelar al gusto del lector y dejar de lado la subjetiva belleza del gol para poder deleitarse con su conmovedora celebración.
Un verano duro
En la temporada 2013/2014, el canterano de la Roma había sido uno de los jugadores más importantes en los esquemas de Rudi García. Además, su polivalencia para jugar de lateral, carrilero, mediocentro o extremo ofrecía al equipo un sinfín de alternativas. Esto otorgó a Florenzi un protagonismo con su club que podría prolongarse a la Copa del Mundo de Brasil de ese mismo año, pero nada fue como parecía…

Cesare Prandelli prescindió de los servicios de Florenzi obligando al todo campista transalpino a tener que ver el Mundial desde el sofá. La convocatoria del seleccionador dolió, pero el jugador de la Roma decidió trabajar más que nadie durante esa pretemporada para llegar a agosto con las pilas cargadas y marcar la diferencia con el equipo de su vida.
La temporada siguiente comenzó con una Roma que ganó sus dos primeros partidos de Seria A aceptando el reto de la Juventus para medirse en la carrera por ganar el Scudetto. Florenzi estaba trabajando duro. Aportando un tesón encomiable al sector derecho de la banda del Olímpico de Roma y siendo consciente que debía aprovechar cada oportunidad que se le brindara.
Una visita inesperada
Su abuela visitó el Olímpico de Roma por primera vez para ver a su nieto jugar el 21 de septiembre de 2014. Fue entonces cuando se produjo uno de los momentos más memorables de historia reciente de la Serie A. Florenzi fue titular y sabía perfectamente en el lugar en el que se sentaría su abuela, quien había sido uno de sus grandes apoyos durante su infancia.

La Roma quería prolongar su buena racha contra el Cagliari y el partido no pudo empezar de mejor manera. Minuto 10 y un pase medido de Florenzi, que partía como extremo derecho, fue rematado a gol por Mattia Destro. Durante la celebración de los jugadores romanos Florenzi ya divisó donde se encontraba su abuela sabedor de que haría todo lo posible por dedicarle un gol.
Tan solo cinco minutos después, Gervinho divisó un desmarque de nuestro protagonista que miró el balón, cargó la pierna y, con el alma, empaló el balón con tal virulencia que el guardameta del Cagliari no la vio ni entrar. Inmediatamente, se fue hacia la tribuna principal, saltando la barrera, buscando con la mirada a su abuela que estaba en las primeras filas, y dándole un emotivo abrazo para celebrar el gol ante el asombro de la afición de los allí presentes.

La convicción del 24 hizo inútil la intención del personal de seguridad de impedir el asalto del futbolista a la grada. “Fue la primera vez que me vio jugar”, dijo Florenzi después de su celebración. “Fue fantástico tenerla aquí, porque incluso cuando era un niño, nunca logró verme, pero ahora, a los 82 años, hizo el viaje para conseguirlo. Me dijo que si ella había venido hasta allí tenía que marcar para dedicárselo”.
Da lì in su
A partir de este gesto de humanidad y cariño del futbolista italiano su carrera dio un salto cualitativo. Florenzi acabó esa misma campaña con cinco goles y cuatro asistencias intercalando entre la posición de lateral y extremo derecho. En la temporada siguiente y con la salida del brasileño Maicon, el jugador romano se consagró como lateral consiguiendo llegar a su primera fase final en un torneo internacontinental: la Eurocopa de 2016.
Permaneció en el conjunto de La Loba hasta 2019 donde fue uno de sus grandes capitanes modernos. Pasó de puntillas por el Valencia en una temporada marcada por el COVID 19 y terminó recalando en un PSG con el que llegó a disputar las semifinales de la Champions League. Ese mismo verano y pese a la desolación tras caer a las puertas de la final en Liga de Campeones conseguiría el mayor logro de su carrera deportiva: levantar la Euro con Italia.

Finalmente, terminó su carrera deportiva en un Milan donde fue protagonista para acabar retirándose con tan solo 35 años. Un jugador colosal, versátil y trabajador. Un futbolista hecho a si mismo que jamás rechisto por la posición en la que le tocó jugar y que acabó dejándonos una de las celebraciones más icónicas de la historia en la que apartó a un lado las excentricidades que rodean al mundo del fútbol, para poner en valor el amor y la dulzura de una abuela viendo por primera vez jugar a su nieto un partido.