Llega una edad donde la nostalgia empieza a ganar protagonismo en nuestra vida, el tiempo y el adiós a gente querida nos hace poner el retrovisor para recordar tiempos pasados que nos evocan a una versión nuestra más joven, inocente e ilusionada donde todo tenía su sitio y era perfecto dentro de esta nueva perspectiva sesgada por lo que hemos vivido.
Con el mundo del fútbol nos pasa exactamente lo mismo. El cambio que haexperimentado todo lo que rodea la experiencia de los aficionados y el rol de los sociosde los clubes ha sido más que sustancial hasta ser una caricatura de lo que fue. Lospartidos en abierto desaparecieron -o los han reducido a la mínima expresión- mientrasque los horarios se adaptan a las nuevas audiencias de otros continentes, dejando atrásesas tardes de domingo con el transistor puesto mientras hacías los deberes pendientes.La oportunidad de ver a tu equipo en el estadio, en mi caso en el Camp Nou, con loscolegas hace tiempo que dejó de ser una realidad con unos precios prohibitivosorientados a ofrecer una experiencia turística al visitante de la ciudad. La relación entrela institución y sus socios está más cercana a una relación comercial, tratando a su masasocial más como unos clientes a los que vender productos que no de darles eseprotagonismo que les hace sentirse propietarios de unos colores que llevan en el corazóngracias a sus padres y abuelos.
Echo la vista atrás y me atrevo a decir que hoy en día los clubes, los estadios y los jugadores parecen carecer de alma. El negocio y las apariencias pasan por delante de absolutamente todo. Clubes que sacan hasta cinco equipaciones para vender el máximo de camisetas a unos seguidores que ni tan siquiera se pueden permitir el precio de la primera. Estadios que fueron templos ahora se remodelan sin identidad con estructuras homogéneas, circulares y con cubierta para hacer de ellos un teatro de espectáculos o platós de televisión ideales para hacer las mejores colaboraciones pagadas. Jugadores más pendientes de hacer una celebración para hacer un clip viral para las redes sociales que no de vivir de manera natural y espontánea el gol.
Todo esto evidencia una realidad, el fútbol moderno está logrando imponer su lógica.Los clubes operan como plataformas globales que olvidan su particularidad local. Los aficionados, el motor que hace especial este deporte, son espectadores de unos juegos de luces y canciones que silencian la naturalidad y la espontaneidad.
Con este contexto, cualquier forma de resistencia tiene un valor muy especial. Sea en forma de activismo o desarrollando proyectos que se inspiran en los 80s y 90s. En mi caso todo empezó en el año 2021, tras una pandemia que nos alejó de las gradas, decidí hacer algo que hoy se ha concretado en una comunidad digital que defiende el fútbol delos aficionados. El que es herencia de nuestros padres y abuelos.
Por si no lo recuerdan, durante el mes de agosto del 2021, cuando por fin se podía acceder a los estadios con un 30% de aforo en el inicio de La Liga, los rumores que esta apertura sería temporal y que quizás nunca se volverían a ver grandes aglomeraciones-el clima era así de crítico- ganaban enteros. Mi temor a no poder volver me empujó a hacer de cada partido en el Camp Nou una oportunidad para mostrar al mundo cómo vivimos los culers un día de partido. Aproveché mi perfil de Instagram, que por aquel entonces tenía unos 550 seguidores, para unir mis dos pasiones: la fotografía y el vídeo con el Barça. De allí empezaron a salir contenidos donde el protagonismo residía en el aficionado. Ni selfies ni vídeos reaccionando. El aficionado celebrando una previa,tomándose una cerveza mientras entona el himno, el estadio llenándose de seguidores,los bares abarrotados de gente… Y, quizás mi gran acierto, crear el canal Cultura deGrada para tener un pequeño espacio donde recomendar lugares donde vivir el fútbol dela manera más natural y auténtica. Una serie de acciones que, tras cinco años, ha hecho realidad una comunidad de más de 100.000 personas que creen en un modelo antagónico al que propone el fútbol moderno.
Este crecimiento hizo que un día se me acercara un experto del sector del influencer marketing y recuerdo, con gran nitidez, cómo me expuso que mi perfil estaba escandalosamente desaprovechado porque el objetivo principal que debe tener un creador de contenido es hacer colaboraciones remuneradas. El hombre empezó a deleitarme con lo de poder vivir experiencias en los palcos Vip, recibir regalos y promocionar productos. Una propuesta que para nada me causaba entusiasmo ni, mucho menos, me hacía sentir identificado. Es precisamente todo esto lo que creo que está contaminando nuestra pasión.
Con una comunidad cada vez más grande y fuerte defendiendo unos valores que nos decían que ya nadie defendía empecé a ver que esta partida que muchos daban por perdida todavía tiene muchos capítulos que ofrecer. Como no podía ser de otro modo,rechacé su propuesta, a lo que respondió: “tienes una visión muy romántica, ya lo verás”. “¿Romántica?” Pensé. Bueno, si defender esta visión es ser un romántico pues, lo soy. Yo defiendo que en el estadio pueda ir una familia sin tener que dejarse medio salario mensual. Que en el asiento de mi lado estén aquellos socios con los que poder comentar el partido. Que los clubes como el Barça sean firmes con sus valores y no negocien ni cedan ante regímenes autoritarios que quieren blanquear su política. Que no prioricemos el negocio por delante de la pasión. Que nuestra grada cante, anime y ondee banderas y no esté pendiente de la Kiss Cam del videomarcador ni que en el césped haya un speaker con una bandera con el eslogan Let’s go Barça! mientras un deejay nos convierte en una especie de discoteca al grito de Let’s dance!. Si querer todo esto me hace ser un romántico, pues sí soy un romántico. Y lo seguiré siendo, llevando las bufandas y camisetas que me unen con esa manera de entender el fútbol que me enseñaron.

Los que entendemos así este deporte, somos los románticos de la pasión. Los que lo vivimos como una pasión heredada, como una experiencia colectiva y emocional que va más allá de los 90 minutos del partido y que queremos legar a las nuevas generaciones.Los que defendemos que podemos ser clubes de dimensión global pero sin olvidar nuestras raíces.
Esta cultura de grada es la que defiende la experiencia natural frente a la artificial. Laque lucha por tener precios populares y que pone al aficionado en el centro. Es la esencia frente al producto prefabricado.
Que ante el todopoderoso fútbol moderno sigamos resistiendo es una buena noticia, no solo porque esto significa que todavía no hemos perdido, sino que quizás no lo sabemos pero podemos ganar. No somos el pasado, somos la resistencia.